Al enano.
Hay historias que no pueden transmitirse a menos que hayan sido compartidas. Las palabras no expresan lo suficiente, pierden el calor, la pasión, la emoción desmedida. Por eso aunque ponga mi mayor esfuerzo, no se si podrán comprender cuan realmente grande fue esta, mi gran historia de amor. Si tienen ganas de leer, tomensé su tiempo. Porque hoy voy a hacer el intento. Porque hoy me animé a recordarla.
Siempre hay un recuerdo fundacional. No puedo ver el día que te conocí, pero sí el día de tu cumpleaños 29, quince días después de haberte conocido, en el que yo te cargaba y vos pensabas: ¿y esta pendeja quien se cree? Claro, no te gusta cumplir años. Entonces yo no lo sabía. Después blanco, imágenes difusas. Hasta un 23 de julio en que teníamos una fiesta del equipo de trabajo. Y nos sentamos juntos, hablamos mucho, y al terminar me dijiste: gorda ¿te llevo? Sí claro. Entonces otro compañero que vivía cerca te dijo: me llevás también. Vos te preguntaste: ¿por qué me molestó que el viniera? Yo sin motivo aparente me sentí molesta. Ahí empezó.
La vida nos puso en el mismo lugar de trabajo para compartir interminables horas diarias, vos como ejecutivo yo como secretaria. Yo era una nena de 21 años que salía de su primer relación en serio; vos un hombre de 29 con un matrimonio equivocado a cuestas.
El amor es algo inevitable. No se detiene e pensar obstáculos, ni circunstancias, ni razones, ni impedimentos, ni contratos. Como diría Cortazar, “Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en el medio del patio”.
Empezamos a hablar más. Te mostré mis poesías. Me contaste tu vida. Viajábamos juntos en tren, aunque vos tuvieras otro que te dejaba más cerca, sólo para conocernos. Nos mirábamos mucho. Ojos negros, pestañas infinitas. Ojos de pillo diría mi amiga. Y tenía razón. Mujeriego, descarado, seductor, desprejuiciado. En una conversación corriente vino una primer declaración desubicada ante mi pregunta: ¿por qué lo hiciste? Y asomándote sobre el escritorio me contestaste: Porque te quiero.
Las palabras salieron sin pensar, yo me quedé sin pensar.
Jugando el destino nos llevó a un mismo bar, una noche que tu mujer estaba de viaje, y yo estaba en un festejo con amigos. Misma noche, mismo lugar. No nos vimos. No lo supimos hasta el lunes.
Entonces las cartas estaban echadas. Vos pensabas en mi tirado en tu casa escuchando Aspen, yo hablaba de vos con mis amigas. “los ojos te brillan” me decían.
Un casi beso en un viaje en auto. Hasta que el 23 de agosto con el auto aún en marcha y sin frenar te diste vuelta y me diste un beso. El mundo se desvaneció, las barreras se derrumbaron, las excusas desaparecieron. Sólo nos fundimos ahí en un momento eterno. En el mejor primer beso que me hayan dado. Suspiramos. “¿Qué sentiste?”. “No se”, dije confundida. “¿Y vos?” “Quilombo”.
Nos volvimos locos. Nada importaba. Eramos tan evidentes, tan obvios. Cafés de horas. Charlas por teléfono en la oficina. Mensajes en la pc. Mails. Cartas. Siempre y en todo momento cartas. Viajes. Caminatas. Roces. Miradas.
En el departamento de un amigo que sería siempre nuestro refugio nos encontramos. Y fue amor. No fue solo sexo. Fue todo. Fue increíble, éramos dos almas y cuerpos fundidos. Era mágico. Era único.
Nos encontrábamos casi todos los viernes a la mañana, cuando se supone que yo tenía facultad y vos trabajo. Y nos fuimos enamorando. Locamente y sin control.
Como todo pasaba los 23, a fin de ese año intentamos separarnos para que recuperaras tu matrimonio. Sólo hizo falta que volviese a ser 23 para que volviéramos a estar juntos.
Hoy se agolpan los recuerdos como un torrente incontenible. Recuerdo tus besos, abrazos interminables, tus ojos profundos, tus lágrimas y las mías, miles y miles, los sueños juntos, las charlas eternas, los viajes en secreto, poemas y canciones dedicadas. Recuerdo el día que me dijiste te amo por primera vez ese 14 de febrero mientras me abrazabas en la cama y yo corrí a prender la luz para decirte: “mirame y decímelo de nuevo”.
Sólo algunas anécdotas que nos quedaron talladas en los huesos:
Un evatest que dio negativo, y vos llorabas porque querías que fuera positivo.
Un viaje que te volviste antes sin decirle a tu mujer para ayudarme a estudiar para un final.
Besos en el ascensor del trabajo, en la oficina, en el baño. Donde hubiera un segundo, donde hubiera un lugar.
Vos viniendo a buscarme a mi casa con cualquier excusa.
Una torta entera por el día de la dulzura.
Un día de spa en lugar de un día de trabajo.
Todas las mañanas que hacíamos el amor con lluvia. Siempre llovía.
Una escapada mía a Montevideo de sólo una noche mientras vos estabas allá por trabajo. Yo te dije: tengo un pasaje, querés que vaya. Y vos sin creerlo todavía: Bueno, vení.
Hasta que empezaron las peleas. Porque no te separás. Porque no puedo. Entonces no quiero verte más. Es el fin. Me cansé. Todo se iba desmoronando. Eramos distintos en los modos, en las maneras y en los tiempos. Vos tan Vargas Llosa y yo tan García Marquez.
Claro, y después de perderme, un 23 obviamente de septiembre, te fuiste de tu casa. “te amo, te extraño mucho y no puedo dejar de pensar en vos. Esperame.”
Volvimos. Fuimos. Vinimos. Lloramos. Nos separamos. Volvimos. Lloramos. Los dos nos hemos rebajado, degradado, suplicado tanto. Eso no importa en el amor. Pero el tiempo nos estaba jugando en contra. Se acentuaron tus celos descontrolados, tus gritos, tu ímpetu, las peleas. Se agotó mi paciencia. Me llamaste. Te corté. Me llamaste. Te corté. Me mandaste rosas. TA decía la tarjeta. Así firmabas siempre. Era tu manera de decir te amo. Era tu manera de decirme que eras vos. Otra charla, dos horas de negación, comenzó el llanto, y no quiero sufrir más. Y yo no puedo vivir sin vos. Y como siempre, como cada vez, terminamos abrazados. Llorando. Besándonos. Volviendo.
Más idas. Más vueltas. Hasta que en mayo se terminó. Me agoté: de esperar a estar juntos y bien, de esperar ahora no la separación si no el divorcio, de vivir oculta. Y dije: no te quiero ver más. Y vos: te prometo que me voy a olvidar de vos.
Sí. Hay experiencias irrepetibles e intransferibles. Aunque ya lo sepas, otra vez: me reí como con nadie en la vida. No se necesitaban motivos. Creo que era la alegría de estar juntos. Tuve el mejor sexo que tuve hasta ahora. El mayor romanticismo. La mayor entrega. Tanta locura, tanta pasión, tanta química, tanta piel, tanto desenfado, tanto desenfreno. Fue la hipérbole del amor.
Y sí, también tuve una espera eterna que nos fue desgastando. Sentir que siempre había algo más importante que yo aunque dijeras que me amabas más.
Hubiese querido tener la oportunidad de que me quisieras libremente y sin reparos. De amarnos en una situación normal para que la comparación fuera más justa. De este modo el recuerdo a la distancia de nuestra relación esta distorsionado por la situación.
Pasaron los días. Los meses. Vos estabas de novio. Yo también. Un año después de tanto odio y rencor y resentimientos acumulados, le pregunté a tu mejor amigo por vos. Y él, ni lento ni perezoso, junto con mi mejor amiga que me había acompañado en toda la historia, nos organizaron un encuentro.
¿Qué puedo decir? Nos miramos. Los recuerdos me abrumaron. Era como si no hubiese pasado el tiempo. Nos abrazamos horas. Nos reímos. Volvimos a encontraros. Otro día, un beso, una caricia. Y así. Siempre así.
8 años.
Sí, 8 años volviendo a esos mismos brazos. En busca de todo: amor, consuelo, sexo, amistad, compañía, pasión, risas, caricias, abrazos. Tuvo muchas novias en esos años. Nunca dejó de estar conmigo. Sí, yo era una pelotuda. Yo siempre lo estaba esperando, por momentos conciente y por momentos inconscientemente. Siempre pensando que un día se iba a dar cuenta que seguía enamorado de mi. Sí, también todos sus amigos decían eso. Menos él. Aún así, era él el que siempre volvía. Pero yo siempre lo aceptaba.
En el único momento que yo estuve de novia en esos años fue cuando él se fue a vivir a Tailandia durante un año. Yo corté antes que él volviera. Y a pesar de mis negaciones, de asegurar que éramos sólo amigos, que yo no iba a volver a caer, que todo había pasado. No había pasado.
Hubo miles de discusiones. De agresiones, de dolor. Heridas que se iban abriendo pero nunca cerraban. Sí, acá conté lo mejor. Pero también hubo de lo peor. Como en todas las pasiones. Los desengaños, las mentiras, la desilusión, el dolor. El desgarro.
Porque nunca había amado así a nadie. Porque nunca volví a amar así a nadie más.
Fue todo el amor y todo el odio. Toda la alegría y todo el sufrimiento. Juntos.
El ya no es él. Yo ya no soy yo. Los dos cambiamos. Fue un temblor que nos desmoronó la vida, y nos hizo reconstruirla de manera distinta.
Claramente el es mi Mr. Big.
Pensé siempre que de algún modo, un amor tan heroico que franqueó todas las barreras para estar juntos, iba a lograr que termináramos felices.
Pero no. Hace un año y medio. Cuando por vez número 20 me dijo un día como si nada: “estoy conociendo a alguien”, después de estar todo el tiempo conmigo, lloré. Lloré. Sin parar. Sin consuelo. Sin pausa.
Le escribí un mail, porque no quería devoluciones, no quería que quisiera convencerme otra vez. En resumen decía: “estuve esperándote 8 años. Y sigo aquí sola. Y no quiero seguir estando sola. No te culpo por haberte esperado. Fue mi elección aunque vos colaboraste para mantener mi ilusión a tu manera. Pero no quiero volver a verte, ni hablarte. Necesito que esta vez respetes mi decisión.”
La respetó. No hubo respuesta.
En mayo el cumplió 40. Todo un número. Más para alguien que no le gusta cumplir años. Le mandé un mail simplemente para saludarlo. “Hola enano:…..” Así lo llamé siempre. El me decía, gorda, pendeja, cuco.
Me quiso ver. Nos encontramos en mi casa nueva. Sin saber que iba a sentir. El me abrazó. Quiso hacer los mismos chistes de siempre. Pero ya no me causaron gracia. Ya no había piel. Ya no había amor. Solo vestigios del pasado. O una coraza impenetrable. El aire estaba hasta un poco tenso. Se fue. Y entendió que no tenía que volver a llamarme. Que este no era un nuevo comienzo. Que no había nada a que volver. Y fue el fin.
Leo esto y me ahogo, y aún así no se si pueden sentir lo que fue. Sólo lo sabe mi corazón, mi alma, mi piel, mi memoria. Porque hay algo que nos une de más allá, de otros tiempos, de otra vida. El me amó dos años. Yo lo amé ocho.
El balance me da negativo.
Tal vez desde afuera no parezca una historia de dos. Tal vez no, pero es la mía.
Y a pesar de que hoy ya no siento nada por él, prefiero por las dudas no acercarme, porque nunca voy a borrar el recuerdo de lo que fue. Porque como le dije a él tantas veces, un amor así, “this kind of lightening only happens once”