miércoles, 21 de marzo de 2007

Dos extraños son...

Todas las historias de amor comienzan desde el desconocimiento absoluto. Dos perfectos extraños que no saben nada el uno del otro. Ni los datos cuantitativos ni los cualitativos. Los primeros son los más fáciles de conocer, basta con un encuentro, una charla. “Hola, soy Martín, ¿vos?” “Hola soy Laura”. A continuación procederán a las preguntas poco creativas y de rigor acordes a la edad y la situación: “te gustan las Manon”, si se conocen en el jardín de infantes, “jugamos a la Play”, si transitan la primaria, “a donde vas a bailar”, en la secundaria (sí, los chicos hoy empiezan temprano), y cuanto más adultos somos, más tendemos a caer en las pobres y realmente desinterasadas frases hechas: “de dónde sos, de qué trabajás, qué estudiás, de qué signo sos”. El interrogatorio puede ser apretado y corrido, durante unas cuantas horas de charla, o puede intercalarse en distintas conversaciones, salidas, SMS, mails mientras la relación va tomando forma y color. Muchos se esconden tras la máscara de la amistad, hasta que adquieren el coraje necesario, o tienen la seguridad de que es la persona que quieren. Otros realmente empiezan siendo amigos, hasta que un día se preguntan porque la otra persona es la última con quien quieren hablar antes de dormirse. Aunque también están aquellos que se enamoran a primera vista, o a segunda. Y también, porqué no, los que sólo buscan un amante, y una noche, sin quererlo se duermen abrazados y ya nunca se separan. Sea como sea, ahí están. Unidos. Comparten las primeras miradas cómplices. Los roces. Los besos. La cama. Los sueños. Entonces llega el momento de los datos cualitativos. De a poco se adentran en un submundo ajeno, repleto de secretos, de historias pasadas, de anécdotas. Se interesan por conocer los gustos del otro, las preferencias, las necesidades, los anhelos. Se establecen fechas conmemorativas: el primer beso, la primera cena, el mes, el año, el primer Evatest negativo. Se intercambian llaves. Una casa empieza a quedar vacía, planificada o espontáneamente. Y así viven, y están, en cada detalle, en cada momento, en cada palabra, en cada pensamiento, en cada deseo. Porque se quieren, porque se interesan, porque se buscan, porque se desean, porque se importan.
Entonces, un día, después de muchas idas y vueltas, enojo, desgaste, bronca, llanto, peleas, dolor; o, sin previo aviso para alguno, de manera abrupta y trágica, toda esta vida que era de dos vuelve a ser de uno. Y uno no entiende como puede, habiendo sido un todo, volver a ser una mitad. Un solo cepillo de dientes, una almohada, un plato, una película que decidimos solos, un tercero en las salidas con amigos, un sábado a la noche sin plan, unas vacaciones en single, un lado de la cama sin desarmar. Y se pregunta, ¿continuamente: ¿qué estará haciendo ahora? ¿estará extrañando como yo? ¿seguirá con su rutina? ¿saldrá con sus amigos? ¿habrá conocido a alguien? Y trata de averiguar, de saber. Porque es una manera de aferrarse. De no olvidar. De no perder todo ese bagaje de conocimiento que llevó tanto tiempo construir. De no volver a sentirse tan solo.
Hasta que un día, sin esperarlo, la herida sana, y se despiertan renovados. Casi confiados. Casi abiertos a un nuevo amor que les sale las heridas. Volverán a empezar.
Y esa persona que una vez fue todo, no será más que un recuerdo vago y lejano que se hace absurdamente intangible. Cuesta hasta creer que todo aquello haya sido cierto. Entonces se darán cuenta que el tiempo pasó. Que la vida continuó. Que ya no sabrán nada el uno del otro. Y un día cualquiera, se cruzarán en la calle, en un cine, en un bar, en una reunión. Y estará con alguien, o estarán solos. Por un segundo se mirarán en esos ojos tan conocidos. Y en ese breve instante descubrirán que todo aquello que fue tan vuestro ahora es tan ajeno. Tan distante. Tan desconocido. Ya no sabrán en que ocupa sus minutos, sus pensamientos, sus deseos, sus amores. Se saludarán, con un rápido “hola, tanto tiempo”. Temiendo que todo el pasado los envuelva y los delate. Y será una conversación incómoda, o un reencuentro feliz, que durará segundos, u horas de café. E indefectiblemente, uno dirá “tengo que irme”, porque su vida sigue, porque ya no comparten, porque ya no van juntos en un mismo camino. E inexorablemente se separarán sabiendo que cada uno volverá a su nueva vida, siendo simple e inexplicablemente, dos extraños.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

El primer Evatest negativo...impecable este artículo.

Anónimo dijo...

Escribes muy bonito, no comparto tus ideas pero de alguna forma me gustan tus historias, son muy tiernas. LOS EXTRAÑOS NUNCA DEJAN DE SERLO, LOS Q SE AMAN DE VERDAD NUNCA DEJAN DE AMARSE, A VECES OLVIDAR ES NECESARIO, Y TE JURO QUE SE PUEDE, DEPENDE DE CUANTO TE QUIERAS. UN BESO.

P dijo...

Hace un tiempo que vengo leyendo este blog, y siempre me pareció muy interesante todo lo que encuentro.
Pero en especial este texto, me encanta; para ser más específicos, el último párrafo, es perfecto y hermoso realmente.
Mi intención era de felicitarte y pedirte que no dejes de escribir, porque creo a muchas personas les hace bien, otras se sienten comprendidas, y otras como yo aprendemos.
Un beso.

Anónimo dijo...

coincido, el ultimo párrafo me hizo llorar... es hermoso lo q escribis!