Es así. Uno cree que aprende. Pero no. La frase lo refleja: “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Y si la adaptamos, podemos decir: “las mujeres (no vamos a decir que somos animales), se chocan dos veces contra el mismo paredón”.Se supone que uno en la vida va transitando caminos con distintas experiencias que nos dejan marcas, algunas más felices que otras, algunas tan dolorosas que se transforman en cicatrices permanentes, algunas nos queman por un tiempo, luego se va el ardor y nos olvidamos que alguna vez el agua caliente nos tocó.
Durante muchos años, cada vez que veía a un hombre que me gustaba, mi mirada se dirigía automáticamente, casi como un acto reflejo, o de instinto de preservación, hacia su mano izquierda, buscando un anillo o una marca que lo delate, para descartarlo, o seguir en el ruedo. Un rechazo a toda situación que pudiera llegar a ser compleja por demás, a repetir historias, a ocupar lugares que no corresponden, a empezar o ilusionarme en vano, porque siempre al comienzo es absolutamente en vano y la realidad es que el final feliz con un hombre casado es un caso más extraño y de estudio que el común denominador.
Pero, ¿cuántas veces repetí esto en distintos post?: uno no elige de quien se enamora. Y también: el amor es bastante pelotudo. Claro que esto no tiene ni atisbos de amor, porque aprieto las bridas, y ni con relincho mediante dejo que el asunto avance. Pero creo que si le diera rienda suelta, o si en realidad del otro lado viera señales consistentes de un interés genuino, saldría al galope desbocado sin poder contenerlo.
Así que como se darán cuenta el punto en cuestión es: obviamente me gusta un hombre que está casado. Podemos hoy quedarnos en el simple me gusta, no puedo evitar mirarlo, no me resisto a los roces ingenuos (o no tanto). Pero la realidad es que también me pasa que ingresé en el estadío de pelotudez aguda, en la que me rio de sus comentarios sin gracia, en la que me fijo que tengo puesto cada día que sé que puedo cruzarlo, que me trago una puerta por quedármelo mirando, o que me sale un hola entre suspiros cuando entra a la sala donde esté sentada. Por suerte, todavía no hubo ningún comentario inoportuno de algún otro que hiciera una broma injustificada pero que igual me deje al descubierto, teñida de rojo, y muerta de vergüenza.
Lo importante que quería decir aquí, y utilizar a modo de ejemplo, es aplicable a esta y a otras situaciones: uno siente que ya tropezó, se quebró, lo enyesaron, tuvo noventa días de reposo y se curó. Quedó inmune, como si lo hubieran vacunado de por vida. Rindió un examen y aprobó con excelentes notas. Pero no. Los tropezones suceden de tanto en tanto. Por algo las vacunas tienen refuerzos. Y el conocimiento es algo que hay que seguir alimentando. Es así.
Uno cree que aprende. Pero no.






























