jueves, 30 de agosto de 2007

Si Peter Pan viniera

Cuando somos chicos vivimos en el constante desequilibro emocional. Balanceándonos de un extremo a otro, adicionándole a cada acto un sobrepeso imaginario. Vivimos en la desmesura de la infancia, y el desenfreno de la adolescencia donde se magnifica el amor, la amistad, el odio, la tristeza, la esperanza, la desolación, el dolor, la alegría, el llanto. Es todo o nada. Tenemos mejores amigas, amamos para toda la vida, sufrimos para siempre, lloramos como Girondo, odiamos hasta el tuétano.
Nos salimos de los márgenes, para pintar la vida más allá de los contornos. Porque no hay grises, sino arco iris.

Hasta que los años nos encajan en injustas medidas.
Y entonces evaluamos, razonamos, justificamos, medimos, analizamos, calculamos. Nos atenemos al espacio limitado al que somos confinados. Nada existe más allá del horizonte que alcanza nuestra vista. Todo es hasta aquí, porque no hay nada más allá. Entonces hasta los sueños comienzan a ser inverosímiles. Y dejamos de creer, de esperar, de sorprendernos. Y sólo lo que es posible y mesurable se concibe como real. Se supone que vamos encontrando el equilibro, porque los extremos no son buenos.

Adiós a las hadas y los duendes. A los monstruos detrás de las puertas. A los cuentos de princesas hechos realidad. A los elefantes dentro de las boas. A los juegos, a los besos porque sí, los amigos imaginarios, los novios de mentira.

Llegaron los números, los contactos, los compromisos, los protocolos, las reglas, los horarios, las responsabilidades, los cuidados.

Se esfuma con el tiempo el encanto de la improvisación, de la sinceridad, de la expresividad. Se pierde la espontaneidad de un abrazo sin premeditar, las lágrimas sin contención, el te quiero infinito, el pacto indestructible.

Se deshace el hechizo. Peter Pan se va por la ventana. Nos quedamos como Wendy. Y sin darnos ni siquiera cuenta, lo traicionamos, y nos volvemos adultos.

jueves, 23 de agosto de 2007

Los hombres las prefieren Geishas

Si estudiaste para tener una carrera profesional, tenés un trabajo que te permite mantenerte sola, tenés tu casa, tu auto, tu ropa, tus viajes. Si terminás de trabajar y vas al gimnasio, hacés kick boxing, squash, pilates, corrés 5 km por día. Vas a canto, a un curso de aromaterapia, a teatro. Si cuando te queda un día libre te repartís entre tus amigos y tu familia. Y aparte, sabés cocinar, podés elegir un buen vino, hablar de fútbol y economía…. Pero estás sola… querida… ¡ahí está la respuesta!

Los hombres fingen buscar una mujer independiente, cuando en realidad lo que buscan es alguien que necesite de ellos para subsistir, tomar decisiones, que les resalte el ego y no los opaque, ni los haga sentir ni por un segundo inferior. Que los deje ser la cabeza de la relación, para poder recostarse plácidamente en la quietud del reino de Neanderthal.
Lo que básicamente buscan es: una geisha.
Alguien que defienda una cultura arcaica embanderando la feminidad bajo un transparente manto de machismo.

La autosuficiencia femenina es un tema tabú, que en el fondo genera más desprecio que admiración. “Es una machona”, “quien se cree que es”, “malco”, “feminista”, y cantidad de frases por el estilo que van desde la tímida defensa de las murallas masculinas hasta la más feroz estrategia de ataque.

Claro, que una tiene que aprender las reglas para comportarse si tiene una cita: él debe pagar no importa cuan exorbitante sea la cuenta (ojo, en las eternas contradicciones que tienen igual quieren que saques la billetera y aunque sea amagues); no debés tomar la iniciativa; no debés conocer ningún telo; debés dejar que te pase a buscar él con su auto, o inclusive en el taxi aunque tengas que guardar el tuyo en la cochera (a menos que tengas un super auto, él sea un interesado con ganas de alardear y entonces va a estar encantado, pero no te va a durar más que dos salidas); dejar que te maneje en la cama aunque no tenga la menor idea de cómo ponerte; tomar daikiri, vino, Baileys, no whisky o vodka puro; leer la Cosmopólitan y siempre dejarlo ser la estrella.

Y si empezás a entablar una relación más duradera, también tené en cuenta: no tenés pasado, ganás menos que ellos, tenés siempre tiempo para él, aprendés a cocinar (preferentemente como su madre) y soñás con ser ama de casa pero en un futuro muy lejano, porque si no, también se asustan.

Hay que delimitar el impreciso contorno entre el machismo y la caballerosidad, tras la cual se defienden en cualquier batalla, porque una nos ahoga y la otra nos realza. Pero claro, eso nos lleva a otra nota.

Lo que las geishas no se dan cuenta, es que terminan convirtiéndose en la sombra de alguien, y cuando se va, dejan de existir. Se quedan sin nada: trabajo, dinero, amigos, intereses, ¡vida!

Son muy pocos aquellos que se atreven a atravesar el laberinto de los prejuicios de la mano de una mujer autosuficiente al lado y encontrar la salida. Un amigo siempre me dice. “dejá de leer Ana Karenina en la playa, llevate la Para ti, y escondé el libro atrás de la revista, hacete la boluda, decí que sos recepcionista, poné cara de nada, y así vas a conseguir un novio”.

Los hombres quieren que los necesites, porque les cuesta entender que la mejor pareja es la que se elige. La que comparte y no compite. Porque en palabras de ese mismo amigo que está casado con una mujer brillante: “lo que no se dan cuenta los hombres, es que con una mujer inteligente, todo es más fácil”.
Porque hay más entendimiento, menos celos, menos posesión, más libertad. Porque cada uno tiene su vida independiente y se juntan para compartir lo que quieren y no lo que deben.

Así que amigas, en ustedes está la decisión.
Para conseguir uno de estos hombres que tanto abundan, parece que la solución es hacerse la boluda. Engañarlos hasta que caigan. Y cuando estén muertos de amor, poner ovarios y sacar la mujer que hay en vos.

Y si no… tener todo el tiempo esos mismos ovarios para ser la mujer profesional, exitosa, independiente que llegaste a ser, hasta que llegue aquel hombre de los que no abundan y por eso son tan difíciles de encontrar, que te descubra, te admire, y te quiera sin engaños por lo que de verdad sos.

Claro que, si por naturaleza sos una geisha, todo es más fácil.

viernes, 17 de agosto de 2007

Mi gran amor

Al enano.

Hay historias que no pueden transmitirse a menos que hayan sido compartidas. Las palabras no expresan lo suficiente, pierden el calor, la pasión, la emoción desmedida. Por eso aunque ponga mi mayor esfuerzo, no se si podrán comprender cuan realmente grande fue esta, mi gran historia de amor. Si tienen ganas de leer, tomensé su tiempo. Porque hoy voy a hacer el intento. Porque hoy me animé a recordarla.

Siempre hay un recuerdo fundacional. No puedo ver el día que te conocí, pero sí el día de tu cumpleaños 29, quince días después de haberte conocido, en el que yo te cargaba y vos pensabas: ¿y esta pendeja quien se cree? Claro, no te gusta cumplir años. Entonces yo no lo sabía. Después blanco, imágenes difusas. Hasta un 23 de julio en que teníamos una fiesta del equipo de trabajo. Y nos sentamos juntos, hablamos mucho, y al terminar me dijiste: gorda ¿te llevo? Sí claro. Entonces otro compañero que vivía cerca te dijo: me llevás también. Vos te preguntaste: ¿por qué me molestó que el viniera? Yo sin motivo aparente me sentí molesta. Ahí empezó.

La vida nos puso en el mismo lugar de trabajo para compartir interminables horas diarias, vos como ejecutivo yo como secretaria. Yo era una nena de 21 años que salía de su primer relación en serio; vos un hombre de 29 con un matrimonio equivocado a cuestas.
El amor es algo inevitable. No se detiene e pensar obstáculos, ni circunstancias, ni razones, ni impedimentos, ni contratos. Como diría Cortazar, “Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en el medio del patio”.

Empezamos a hablar más. Te mostré mis poesías. Me contaste tu vida. Viajábamos juntos en tren, aunque vos tuvieras otro que te dejaba más cerca, sólo para conocernos. Nos mirábamos mucho. Ojos negros, pestañas infinitas. Ojos de pillo diría mi amiga. Y tenía razón. Mujeriego, descarado, seductor, desprejuiciado. En una conversación corriente vino una primer declaración desubicada ante mi pregunta: ¿por qué lo hiciste? Y asomándote sobre el escritorio me contestaste: Porque te quiero.
Las palabras salieron sin pensar, yo me quedé sin pensar.
Jugando el destino nos llevó a un mismo bar, una noche que tu mujer estaba de viaje, y yo estaba en un festejo con amigos. Misma noche, mismo lugar. No nos vimos. No lo supimos hasta el lunes.
Entonces las cartas estaban echadas. Vos pensabas en mi tirado en tu casa escuchando Aspen, yo hablaba de vos con mis amigas. “los ojos te brillan” me decían.

Un casi beso en un viaje en auto. Hasta que el 23 de agosto con el auto aún en marcha y sin frenar te diste vuelta y me diste un beso. El mundo se desvaneció, las barreras se derrumbaron, las excusas desaparecieron. Sólo nos fundimos ahí en un momento eterno. En el mejor primer beso que me hayan dado. Suspiramos. “¿Qué sentiste?”. “No se”, dije confundida. “¿Y vos?” “Quilombo”.

Nos volvimos locos. Nada importaba. Eramos tan evidentes, tan obvios. Cafés de horas. Charlas por teléfono en la oficina. Mensajes en la pc. Mails. Cartas. Siempre y en todo momento cartas. Viajes. Caminatas. Roces. Miradas.
En el departamento de un amigo que sería siempre nuestro refugio nos encontramos. Y fue amor. No fue solo sexo. Fue todo. Fue increíble, éramos dos almas y cuerpos fundidos. Era mágico. Era único.

Nos encontrábamos casi todos los viernes a la mañana, cuando se supone que yo tenía facultad y vos trabajo. Y nos fuimos enamorando. Locamente y sin control.

Como todo pasaba los 23, a fin de ese año intentamos separarnos para que recuperaras tu matrimonio. Sólo hizo falta que volviese a ser 23 para que volviéramos a estar juntos.
Hoy se agolpan los recuerdos como un torrente incontenible. Recuerdo tus besos, abrazos interminables, tus ojos profundos, tus lágrimas y las mías, miles y miles, los sueños juntos, las charlas eternas, los viajes en secreto, poemas y canciones dedicadas. Recuerdo el día que me dijiste te amo por primera vez ese 14 de febrero mientras me abrazabas en la cama y yo corrí a prender la luz para decirte: “mirame y decímelo de nuevo”.

Sólo algunas anécdotas que nos quedaron talladas en los huesos:
Un evatest que dio negativo, y vos llorabas porque querías que fuera positivo.
Un viaje que te volviste antes sin decirle a tu mujer para ayudarme a estudiar para un final.
Besos en el ascensor del trabajo, en la oficina, en el baño. Donde hubiera un segundo, donde hubiera un lugar.
Vos viniendo a buscarme a mi casa con cualquier excusa.
Una torta entera por el día de la dulzura.
Un día de spa en lugar de un día de trabajo.
Todas las mañanas que hacíamos el amor con lluvia. Siempre llovía.
Una escapada mía a Montevideo de sólo una noche mientras vos estabas allá por trabajo. Yo te dije: tengo un pasaje, querés que vaya. Y vos sin creerlo todavía: Bueno, vení.

Hasta que empezaron las peleas. Porque no te separás. Porque no puedo. Entonces no quiero verte más. Es el fin. Me cansé. Todo se iba desmoronando. Eramos distintos en los modos, en las maneras y en los tiempos. Vos tan Vargas Llosa y yo tan García Marquez.
Claro, y después de perderme, un 23 obviamente de septiembre, te fuiste de tu casa. “te amo, te extraño mucho y no puedo dejar de pensar en vos. Esperame.”

Volvimos. Fuimos. Vinimos. Lloramos. Nos separamos. Volvimos. Lloramos. Los dos nos hemos rebajado, degradado, suplicado tanto. Eso no importa en el amor. Pero el tiempo nos estaba jugando en contra. Se acentuaron tus celos descontrolados, tus gritos, tu ímpetu, las peleas. Se agotó mi paciencia. Me llamaste. Te corté. Me llamaste. Te corté. Me mandaste rosas. TA decía la tarjeta. Así firmabas siempre. Era tu manera de decir te amo. Era tu manera de decirme que eras vos. Otra charla, dos horas de negación, comenzó el llanto, y no quiero sufrir más. Y yo no puedo vivir sin vos. Y como siempre, como cada vez, terminamos abrazados. Llorando. Besándonos. Volviendo.

Más idas. Más vueltas. Hasta que en mayo se terminó. Me agoté: de esperar a estar juntos y bien, de esperar ahora no la separación si no el divorcio, de vivir oculta. Y dije: no te quiero ver más. Y vos: te prometo que me voy a olvidar de vos.

Sí. Hay experiencias irrepetibles e intransferibles. Aunque ya lo sepas, otra vez: me reí como con nadie en la vida. No se necesitaban motivos. Creo que era la alegría de estar juntos. Tuve el mejor sexo que tuve hasta ahora. El mayor romanticismo. La mayor entrega. Tanta locura, tanta pasión, tanta química, tanta piel, tanto desenfado, tanto desenfreno. Fue la hipérbole del amor.
Y sí, también tuve una espera eterna que nos fue desgastando. Sentir que siempre había algo más importante que yo aunque dijeras que me amabas más.
Hubiese querido tener la oportunidad de que me quisieras libremente y sin reparos. De amarnos en una situación normal para que la comparación fuera más justa. De este modo el recuerdo a la distancia de nuestra relación esta distorsionado por la situación.

Pasaron los días. Los meses. Vos estabas de novio. Yo también. Un año después de tanto odio y rencor y resentimientos acumulados, le pregunté a tu mejor amigo por vos. Y él, ni lento ni perezoso, junto con mi mejor amiga que me había acompañado en toda la historia, nos organizaron un encuentro.

¿Qué puedo decir? Nos miramos. Los recuerdos me abrumaron. Era como si no hubiese pasado el tiempo. Nos abrazamos horas. Nos reímos. Volvimos a encontraros. Otro día, un beso, una caricia. Y así. Siempre así.

8 años.
Sí, 8 años volviendo a esos mismos brazos. En busca de todo: amor, consuelo, sexo, amistad, compañía, pasión, risas, caricias, abrazos. Tuvo muchas novias en esos años. Nunca dejó de estar conmigo. Sí, yo era una pelotuda. Yo siempre lo estaba esperando, por momentos conciente y por momentos inconscientemente. Siempre pensando que un día se iba a dar cuenta que seguía enamorado de mi. Sí, también todos sus amigos decían eso. Menos él. Aún así, era él el que siempre volvía. Pero yo siempre lo aceptaba.
En el único momento que yo estuve de novia en esos años fue cuando él se fue a vivir a Tailandia durante un año. Yo corté antes que él volviera. Y a pesar de mis negaciones, de asegurar que éramos sólo amigos, que yo no iba a volver a caer, que todo había pasado. No había pasado.

Hubo miles de discusiones. De agresiones, de dolor. Heridas que se iban abriendo pero nunca cerraban. Sí, acá conté lo mejor. Pero también hubo de lo peor. Como en todas las pasiones. Los desengaños, las mentiras, la desilusión, el dolor. El desgarro.
Porque nunca había amado así a nadie. Porque nunca volví a amar así a nadie más.
Fue todo el amor y todo el odio. Toda la alegría y todo el sufrimiento. Juntos.
El ya no es él. Yo ya no soy yo. Los dos cambiamos. Fue un temblor que nos desmoronó la vida, y nos hizo reconstruirla de manera distinta.

Claramente el es mi Mr. Big.

Pensé siempre que de algún modo, un amor tan heroico que franqueó todas las barreras para estar juntos, iba a lograr que termináramos felices.
Pero no. Hace un año y medio. Cuando por vez número 20 me dijo un día como si nada: “estoy conociendo a alguien”, después de estar todo el tiempo conmigo, lloré. Lloré. Sin parar. Sin consuelo. Sin pausa.
Le escribí un mail, porque no quería devoluciones, no quería que quisiera convencerme otra vez. En resumen decía: “estuve esperándote 8 años. Y sigo aquí sola. Y no quiero seguir estando sola. No te culpo por haberte esperado. Fue mi elección aunque vos colaboraste para mantener mi ilusión a tu manera. Pero no quiero volver a verte, ni hablarte. Necesito que esta vez respetes mi decisión.”

La respetó. No hubo respuesta.
En mayo el cumplió 40. Todo un número. Más para alguien que no le gusta cumplir años. Le mandé un mail simplemente para saludarlo. “Hola enano:…..” Así lo llamé siempre. El me decía, gorda, pendeja, cuco.

Me quiso ver. Nos encontramos en mi casa nueva. Sin saber que iba a sentir. El me abrazó. Quiso hacer los mismos chistes de siempre. Pero ya no me causaron gracia. Ya no había piel. Ya no había amor. Solo vestigios del pasado. O una coraza impenetrable. El aire estaba hasta un poco tenso. Se fue. Y entendió que no tenía que volver a llamarme. Que este no era un nuevo comienzo. Que no había nada a que volver. Y fue el fin.

Leo esto y me ahogo, y aún así no se si pueden sentir lo que fue. Sólo lo sabe mi corazón, mi alma, mi piel, mi memoria. Porque hay algo que nos une de más allá, de otros tiempos, de otra vida. El me amó dos años. Yo lo amé ocho.
El balance me da negativo.
Tal vez desde afuera no parezca una historia de dos. Tal vez no, pero es la mía.
Y a pesar de que hoy ya no siento nada por él, prefiero por las dudas no acercarme, porque nunca voy a borrar el recuerdo de lo que fue. Porque como le dije a él tantas veces, un amor así, “this kind of lightening only happens once”

lunes, 6 de agosto de 2007

Por qué siempre volvemos a los mismos brazos

Hay un lugar, un hueco en el pecho que nos es conocido. Donde nuestro cuerpo encaja perfecto, se amolda, encastra. Donde los latidos son una melodía que se evoca en el recuerdo. Aquellos brazos que saben abrazar, que nos cobijan y resguardan. Que dan calor como una manta vieja. Que nos esconden de nuestras propias penas y sollozos. Que ocultan nuestras debilidades. Que no preguntan, sólo intuyen. Que no juzgan, ni evalúan, ni averiguan. No traicionan.

Son los brazos de un viejo amor, un ex, un amigo incondicional. Los que siempre nos esperan en el momento de necesidad. A los que regresamos una y otra vez, incansablemente, a buscar amparo, cariño, contención, comprensión, silencios, sexo. Ellos saben como actuar en cada momento. No hay nada que explicar, ni que decir, ni que pedir. No hay nada que aprender, ni descubrir. Allí está todo dicho, todo hecho. Un recorrido que se hace a ciegas. El sendero fácil por el cual transitar. Sólo hace falta un gesto, una mirada, un roce, una sonrisa de más. Es tan simple saber donde comenzar, seguir y terminar, sólo dejarse llevar, entregarse y disfrutar.

Para sanar las fisuras del alma, calmar la angustia, tapar las penas, volvemos siempre a los mismos brazos.

Pero en ese tibio espacio donde nos sentimos tan seguras no hay amor. Hay resabios de cariño, de historias compartidas, de confianza desgastada, de esperanzas verdeagua, de sueños ya dormidos. No hay futuro. Sólo el resurgir de un pasado que se hace presente repentino, escueto, fugaz. Sirve para paliar la soledad. Para hacer menos duro el camino. Para saciar la sed. Para sentirnos irrealmente queridas y deseadas. Hasta que un día nos damos cuenta que en esos brazos sólo hay vacío. Que no nos completan más de lo que nos quitan. Eclipsan el amor que está por llegar. Ocupan el asiento que todavía esta frío a la espera de quien pronto vendrá.

Yo volví durante 8 años a los mismos. Sí, es una historia que ya les contaré cuando me anime a recordarla. Porque ni la risa, ni la confianza, ni la comodidad, ni la desnudez, ni la exposición, ni el antes, ni el durante o después fueron iguales en otro lado. Siempre estaré agradecida porque estuvieron ahí, pero a la distancia no dejaron más que sombras y un sabor agridulce. Y hoy tal vez podría habría otros, que cubran ese breve espacio en que el amor no está. Pero…

Hoy no quiero un consuelo, un paliativo al dolor, una limosna de cariño, una burbuja en el tiempo, un retazo de ilusión, buen sexo sin amor.

Hoy quiero a aquel desconocido que trae nuevos aires y promesas, un renovado aroma al despertar, una piel inexplorada, una boca a estrenar, un cuerpo que descubrir, un hueco extraño en el que aprender a acomodarse.

viernes, 3 de agosto de 2007

Entre el bien y el mal

A veces siento que la balanza entre el bien y el mal está totalmente desequilibrada. Que le va mejor a aquellos que no tienen principios, moral, costumbres, respeto, valores que a los pobres tontos que sí. Se ve que la gente se está dando cuenta, porque cada vez hay más y los buenos somos una especie en peligro de extinción.Y no sólo hablo al nivel más filosófico de la vida. Sino de la manera más ingenua y simple de vivirla y disfrutarla. No hablo sólo de delincuentes, corruptos, ex novios descorazonados, materialistas ambiciosos insensibles, turras traidoras, falsas amigas. También hablo de aquellos que se lanzan a la vida sin prejuicios ni controles, sin reglas ni medidas. Los que viven en el exceso. Los que quieren llevarse todo en un instante porque prefieren una vida corta y repleta de sensaciones que una larga vida opaca cargada de frustraciones. Aquellos que nos hacen sentir hasta un poco pacatos, recatados o aburridos.
Tal vez esta actitud de cuidar, de mantenerse en el lado seguro de la orilla, de no embarcarse sin rumbo, de no lanzarnos sin red hace que obtengamos lo poco que esperamos, y nos perdamos lo que no podemos imaginarnos. Sí, viviremos cómodos y confortables, alcanzando o quizás rasgando una efímera felicidad. Pero donde queda el desenfreno y la euforia. La ceguera del brillo fugaz. Los quince minutos de fama.
El estilo moderado nos deja fuera del frenético tren de la juventud eterna. Y si queremos subirnos, nos asusta la velocidad.
Por algo se hizo famosa la frase que dice “Good girls go to heaven, bad girls go everywhere”.
El que no tiene miedo de lo que puede perder suele tener mucho más por ganar. El impulso y el desparpajo lo liberan de la moral y las buenas costumbres, del protocolo riguroso, de las normas y regulaciones, de las ataduras y la seguridad.
Miren a su alrededor. ¿No sienten que al peor de todos le va siempre un poco mejor? Al político que nos roba, al novio que no le importamos y nos dejó sin explicaciones, a la amiga desconsiderada frívola y superficial, a la que caga al marido millonario con el profesor de tenis, al cantante exitoso que vive desorbitado por las drogas y el alcohol, al jefe que siempre sabe menos que uno y gana más.
El problema es que creo que está en nuestra naturaleza. No hay una pastilla que nos haga dejar de ser el pobre pelotudo.
Milan Kundera tenía razón. La levedad del ser es insoportable. Hay que elegir el peso. Arriesgarnos. Exponernos. No pensar tanto y dejar actuar a la intuición. Dejar de vivir en la superficie, y zambullirnos hasta el fondo. Aunque estemos a punto de ahogarnos. Después de todo, siempre habrá algún buen samaritano que venga a rescatarnos.

martes, 31 de julio de 2007

Cuando ellas dejan...

Cuando ellas dejan, dejan. De manera contundente, imprevista e irreversible.
Cuando ellos dejan …¿ellos dejan?. Ellos hacen que ellas dejen.
Cuando ellas dejan lo hacen sin mirar atrás. El proceso de análisis y duelo ya se ha llevado a cabo. No importa cuanto ellos digan, pidan, ruegen o lloren. Se terminó.
Cuando ellos dejan, vuelven a pensarlo y caen en la tentación de reincidir con cada súplica o lágrima de ella.
Porque es claro, las mujeres no soportan que los hombres lloren, y los hombres no soportan que ellas lo hagan. Pero por distintos motivos: ellas porque les parece lamentable y débil, ellos porque les da pena y no pueden con la culpa.
Ellas cortan de manera fría y práctica. Ellos sufren, mienten, dudan, temen.
Ellas de un día para otro no te llaman ni te ven más. Ellos empiezan a dejar de llamarte y verte 4 meses antes, mientras esperan que vos tomes la decisión porque lo sentís lejano y distante.
Ellas son implacables. Ellos aplacables.
Ella puede dejarlo y estar sola. El si la dejó, es porque ya no estaba solo.
Ellas se llevan todo, lo de ellas y algo de ellos. Ellos te dejan todo con tal de no enfrentarte.
Ellas se cortan el pelo, se compran ropa, y empiezan de nuevo.
Ellos…todavía están pensando como hacer para que los dejes.

lunes, 30 de julio de 2007

Aquel viejo romance

Aca estoy, mirando la luna llena reflejarse en el río desde mi balcón y escuchando boleros. Suena cursí, ¿no? Sí, pero en este último tiempo me di cuenta que es necesario volver a proclamar aquel viejo romanticismo en desuso. Hoy en día se valora lo rápido y frugal, lo práctico, lo frío, lo que no nos ridiculiza, lo que no nos expone, lo que es despersonalizado. El amor no es más que otro ícono del msn. Un par de frases seguras en un mensaje de texto. Y vamos así convirtiendo este mundo en un grupo de gente solitaria escondida tras un monitor, sin sentimientos complejos, sin ataduras, sin contacto.

Yo era una romántica empedernida. Sensible, expresiva, llorona, demostrativa. Escribía poemas, cartas, cuentos, canciones. Me entregaba a sentir. Una enamorada del amor dirían. Y con los golpes, con las desilusiones, con el miedo, me fui mostrando como una persona que en realidad no soy: superada, despreocupada, práctica, fría, pasajera, descomprometida. Hasta un poco insensible y descreída.

La verdad es que extraño ser la ridícula romántica que en realidad soy.

Esta es mi pequeña propuesta para de a poco revalorizar el mal llamado romance.
Recuperemos la costumbre de escribir cartas en papel, de puño y letra. Así, de un primer impulso, sin borrar, pensar y rescribir lo que mejor queda o lo que más conviene. Guardémoslas en cajas donde puedan añejarse y ponerse amarillas, para releerlas en muchos años con lágrimas en los ojos o una sonrisa en los labios.
Leamos más poemas. Aprendamos alguno de memoria, que nos abra siempre las puertas del alma.
Regalemos bombones, flores, osos de peluche. Cosas chiquitas y personales sin verdadero valor más que el emocional, que demuestran que en realidad estamos pensando en lo que le gusta al otro. Que lo conocemos, que prestamos atención.
Usemos las palabra “bello”, “preciosa”, “hermoso”. Las cosas no son simple y llanamente lindas. Hay matices, hay más, hay menos.
Dejemos que nos abran la puerta del auto, de locales. Dejemos que nos den la mano al cruzar la calle.
Miremos puestas de sol, amaneceres, lunas llenas. Regalemos momentos.
Hagamos grandes declaraciones de amor. Como en las comedias románticas. Grandes actos. Grandes gestos.
Besemos, abracemos, acariciemos sin contenernos. Sin reprimirnos.
Digamos te quiero y te amo sin esperar, sin calcular, sin medir.
Hagamos locuras. Corramos riesgos. Seamos espontáneos. Soñemos. Creamos.

De a poquito, cada uno, con cada pequeño acto, reivindiquemos al amor.

martes, 17 de julio de 2007

.XLS

Encontrar una pareja no es un hecho azaroso y fortuito. Es un trabajo que lleva implícita tareas, evaluaciones y resultados. Uno no va por la vida enamorándose de cualquiera sin saber previamente datos cuantitativos y cualitativos. Todos esos que arman un perfil o identikit que concuerda con el dibujado al principio de la búsqueda.

La realidad es que uno no sale a la ruta sin una idea preconcebida de lo que desea encontrar. Porque en lugar de ir a ciegas y tientas en un recorrido, tambaleándose, cayendo, lastimándose una y otra vez, descubriendo el terreno, siempre es preferible ir con un mapa, una guía, o por lo menos un destino final hacia donde dirigirnos y que caminos evitar por señal de “Derrumbe”.

En la difícil tarea de encontrar el amor, ese mapa se denomina, “Planilla Excel”. Una lista de requerimientos, características, condiciones, deberes a cumplir por el hombre que pueda ocupar el lugar de pareja. La lista incluye datos físicos, de caracter, tan subjetivos como personales. Quien diga que no tiene una, sólo tómese un momento para pensar que busca de un hombre, que está dispuesta aceptar y que no. Ahí, ya esta la lista.
  • Que no fume
  • Que tenga entre 30 y 40… 25 y 30 mejor (siempre hay que dejar algúnos márgenes más amplios porque cuanto más restrictiva sea la búsqueda menos resultados arroja)
  • Que sea bueno, inteligente
  • Divertido pero serio, sociable pero callado, cariñoso pero no pegajoso, romántico pero no cursi (siempre hay contradicciones, se llama “naturaleza femenina”, o simplemente, “todo es bueno en su justa medida”)
  • Fiel (uno pide, de ahí a que se cumpla..)
  • Morocho, de ojos marrones, buenmozo
  • Flaco (sí, suena discriminativo... haciendo gala de mi sinceridad, tengo problemas con el sobrepeso. No pido al hombre todo marcado... sólo normal).

La lista obviamente no termina acá, es mucho más extensa, si no no seguiría en la búsqueda. Y cuanto más tiempo uno se toma, más larga se hace.

Como claramente siempre buscamos el mismo tipo de hombre, esto termina convirtiéndose en un patrón. Evidentemente ese patrón no es siempre el correcto, porque esta planilla también tiene una columna de celdas ocultas. Preferimos hacernos los tontos, seleccionamos, botón derecho, ocultar. Ahí está todo lo que no buscamos, pero viene incluido en el combo. En mi caso personal son hombres egoístas, descomprometidos, histéricos, workaholic. No les voy a contar todo… hay más.

Ahora, al llegar al momento de los resultados, por lo menos yo, puedo ver que esta planilla no me sirvió de nada. Y no porque no sea eso lo que quiero, creo que al revés, en lugar de enfocarme en la lista positiva, sigo priorizando de manera inconsciente lo que se supone que quiero evitar. Parece que el problema es que las características ocultas, son las que primero nos atraen u olfateamos, como un perro de caza.

Quisiera encontrar la manera de deshacerme de esta planilla. Porque es la manera de hacer que el amor vuelva a ser una mágica sensación inexplicable. Ese sentimiento basado en “no se que”. Sería una buena manera de conocer sin preconceptos, sin filtros previos, sin red de seguridad. Porque finalmente el amor no es seguro, y ahí, sólo ahí, es mejor andar a ciegas, tanteando y conociendo, siguiendo los instintos, sin razón, ni razones. Dejando espacio para que el amor todavía nos sorprenda, y arroje finalmente, un resultado inesperado.

viernes, 13 de julio de 2007

Esa dolorosa felicidad


Ayer estaba por entrar a bañarme. ¿Viste esa sensación en pleno invierno de tener que desvestirte para entrar a la ducha? Ese breve sacrificio que nos conduce a un instante de placer cuando nuestro cuerpo siente el agua caliente, aspira el vapor, y el calor vence la pulseada al frío, el relajo al temblor. Aunque sepamos que el final es placentero, no podemos evitar resistirnos, y odiar el momento previo.

Y esto me llevó a pensar: ¿Necesitamos siempre un poco de dolor para ser felices? ¿El placer lleva intrínseco el dolor? ¿Disfutamos más cuando el sacrificio de alcanzar algo ha sido mayor? ¿Nos desalentamos con los triunfos fáciles?

Antes de la felicidad, el placer, el regocijo, hay una sensación tan efímera y dolorosa como necesaria. Un instante de desesperación, ofuscamiento, reniegue, negación. Un espacio de lucha y rebelión. Como si nos costara rendirnos, aceptar, disfrutar.

Deseamos lo que no tenemos. Valoramos lo que perdemos. Despreciamos lo que ya alcanzamos. Vivimos en el estrago de la lucha. Porque el festejo por la conquista es breve, y la guerra por alcanzarla eterna. Y muchas veces, simplemente nos perdemos en la batalla, o terminamos prisioneros sin escape en las celdas del peor enemigo: nuestros propios miedos.

Hay una maldición gitana que siempre me quedó grabada: "Que tengas todo lo que deseas, y que desees todo lo que tengas".

Minamos el camino porque es el medio más fácil para no alcanzar el objetivo. Porque hay una realidad, alcanzar lo que queremos también implica una responsabilidad, implica hacerse cargo. Encierra más miedo el éxito que el fracaso. Porque el éxito exige, el fracaso justifica.

Llevamos impregnado en nuestra historia el sufrimiento. La filosofía del sacrificio. Porque lo fácil es regalado. Lo complejo es merecido.

Es claro y simple: si no vas al infierno, indefectiblemente antes de llegar al cielo hay que pasar por un purgatorio. Nada de lo bello se alcanza sin un inocente sufrimiento.
Todo lo fácil se evapora cuando llega al punto de ebullición. Lo difícil de lograr tiene la recompensa de una larga vida útil. Simplemente porque se necesita tiempo para salar las heridas, y necesitamos ese tiempo para emprender nuevos caminos. Por eso para levantarse siempre es necesario primero caer. Y hay que tomar impulso para saltar.

Así como todo es cíclico, después de un gran sufrimiento viene una gran recompensa. Una pérdida. La soledad. El amor. El dolor. Otra vez el sufrimiento. Otra vez la recompensa.

En esta búsqueda por ser felices, siempre hay un ínfimo momento de incertidumbre en el que el mundo puede desmoronarse o recomponerse. Lo importante es aprender a disfrutar la adrenalina del segundo, dejando que nuestra satisfacción se anticipe por un instante, sabiendo que lo mejor ... está aún por venir.

lunes, 2 de julio de 2007

Soltera a los 30

Lo peor de tener treinta y pico y estar soltera, no es estar soltera en sí misma.

Convivir con la soltería es algo que elegimos o a lo que nos adaptamos a diario.
Con sus ventajas, que varias veces proclamamos ante nuestras amigas casadas, o las desventajas que lloramos en soledad un sábado por la noche.

Lo peor de esta soltería tardía no son las noches sin compañía en casa
mirando un DVD, sino todos esos compromisos sociales a los que uno tiene que acudir sola, una vez tras otra, para que los demás nos miren, nos envidien o nos compadezcan, reafirmándonos de una manera casi impiadosa que no sólo somos casi la única que esta sin compañía sino que en situaciones como esta parece casi imposible dejar de estarlo.

Casamientos, cumpleaños, bautismos, comidas familiares. Año tras año se van sumando simples eventos que regocijan a los implicados, y nos hacen pasar por una cadena de sentimientos que comienza en el nerviosismo, sigue por la ilusión, la incomodidad, la desesperanza, el aburrimiento y casi siempre culmina con el día siguiente internada en la cama comiendo todo lo que está al alcance de la mano, sintiéndonos más gordas y más patéticas cuando hayamos finalizado.

La realidad es que cuando uno está en los treinta y algo suele estar rodeada de la mayoría de sus amigas y amigos casados, quienes se empeñan en querer conseguirnos una pareja inmediatamente después de estarnos contando por horas sus infortunios matrimoniales. Lo cual no es muy alentador. La vida entonces hace que uno empiece a juntarse menos, porque las parejas casadas se juntan con más parejas casadas, para hablar: ellas mal del marido, de la mucama, de la vida en el country, del colegio, de los trajes que hicieron para el último acto escolar, de las cosas que hacen los hijos: desde el primer balbuceo hasta el último vómito contado con el más íntimo detalle de manera monótona y hartante sobre todo para los que no estamos ni nos interesa el tema; ellos de fútbol, del trabajo, de lo que no aguantan de las mujeres o la última teta que vieron en televisión. Entonces una empieza a desencajar, desde lo que tiene para contar hasta lo que tiene puesto.

Pero inevitablemente debemos seguir acudiendo a las fechas importantes. Ahora, antes que nada, seamos en este punto sinceros. Como el círculo se va cerrando, la mujer soltera va encontrando a su vez menos posibilidades a su alrededor de conocer a alguien después de mil intentos frustrados por citarnos fozosamente con los amigos de nuestros amigos que ya fueron presentados a otras amigas y otras amigas, y termina siendo siempre el mismo porque es el único que queda. A menos que una empiece (como siempre sugieren las psicólogas y las amigas de la casita de sueños que siguen esforzándose por incluirnos en su clan) clases de gimnasia, canto, teatro, otra carrera o cualquier tipo de curso que te haga sociabilizar y “abrir tu círculo”, la tarea de encontrar una pareja parece cada vez más una maratón imposible.
Así que los eventos sociales siempre pueden ser una pequeña puerta abierta para conocer a alguien. No necesariamente a un hombre, sino a alguien también que luego pueda presentarnos a alguien, o más gente con la que simplemente poder compartir algo distinto a charlas familiares y rutinas escolares.

Igualmente cada tipo de evento es distinto. Si es un cumpleaños de alguien que ya es muy amigo, y vamos todos los años, lo más probable es que las posibilidades de conocer a alguien se reduzcan al 2%. Ya sabemos que vamos a encontrarnos con los mismos conocidos y sospechosos de siempre. Y si hubiese alguien nuevo, ya nos lo hubiesen querido presentar. Sabemos de antemano que estaremos en esa situación incómoda de boyar solas por la reunión tratando de entablar conversaciones de paso e insustanciales con unos y con otros, sobre como fue el último año y su vida. Que más de una vez nos encontraremos sentadas solas en un sillón mirando como si nada sucediera, y rogando internamente que alguien venga a rescatarnos. Pero siempre podemos irnos cuando queremos, y la peor situación en una reunión así puede ser estar sola un rato o en un grupo en el que fingimos interés por lo que están charlando, pero en realidad sólo queremos estar acompañadas y no ser el centro de las miradas ajenas bajo el spot de luz con el letrero de neón que diga: sí, acá estoy sola.

Los peores eventos son los casamientos, o mega fiestas del estilo que incluyen mesas, baile y juegos. Y esto va más allá de que pueda o no haber potenciales candidatos. La situación no deja de ser incómoda de principio a fin, porque nunca deja de ser un momento de soledad o parte de un trío patético armado por una pareja de amigos que se compadece de tu situación, y en la que sabemos que estamos de más. En la iglesia estás sola. En la llegada al salón, tratás de llegar un poco más tarde para no estar parada sola como una pelotuda. Cuando te das cuenta que en realidad no hay ni un posible hombre que pueda gustarte, sabés que la noche no sólo esta perdida, sino que va a ser un eterno sufrimiento. Cuando todos salen a bailar te quedas sentada en la mesa con cara de “no me gusta bailar” pero no dejás de mover el pie al ritmo de la música. Y si no estás bailando sola en la pista, mientras unos y otros se agarran de las manos y siempre te sentís un poco abandonada, otro poco fuera de lugar. Igual, no hay momento de mayor ridiculez que cuando a una desactaulizada se le ocurre seguir con la mítica ceremonia de las ligas y te insisten para que vayas al centro del salón, ya sintiéndote totalmente amargada, triste y patética a que te pongan la liga y terminen de sellar y comunicarle hasta al último que no sabía de la fiesta que: sí, tenés treinta y pico y estas soltera. Todo esto queda coronado con la torta de amenazantes anillos, y por supuesto registrado en las miles de fotos que te condenan para siempre con las sentencia definitiva: La última soltera. ¿Por qué al menos no nos dejan quedarnos al margen, escondiditas tras una columna y comiendo canapés? Tengo que reconocer que a los últimos casamientos en los que sabía de antemano que esta iba a ser la situación, ni siquiera fui. Porque uno también puede elegir la situación de estar sola bajo una frazada mirando televisión…pero sin quedar en evidencia.

¡Y ni siquiera quiero entrar en el detalle de la preproducción! Tantos esfuerzos, probadas de ropa, maquillaje, peinados que en lugar de elevarnos la autoestima, al final de la noche, nos ahogan en el lago de Narciso.

El común denominador de cada uno de estos eventos es:
1) una ilusión fugaz nos entusiasma con poder de a poco cambiar nuestra vida y conocer nuevas personas
2) en esta tenue y contenida ilusión siempre vislumbramos la ínfima posibilidad de que también encontremos el amor
3) en la mayoría de las reuniones esta pequeña posibilidad se esfuma apenas cruzamos la puerta
4) cada evento es una pequeña puñalada que hiere nuestra autoestima y seguridad, y anota un nuevo punto en las desventajas de estar soltera
5) siempre nos sentimos incómodas y observadas, envidiadas o compadecidas, pero casi nunca amadas u admiradas
6) y siempre volvemos a casa con una desilusión mayor que con la que partimos

No se si sentimos que la mirada ajena nos juzga, o simplemente le están sacando una radiografía al alma. Seguramente no son ellos, sino nosotras las que nos juzgamos, y los demás sólo se afanan en divertirse. Al fin de cuentas, sólo nosotros nos condenamos. No hay mejor verdugo que uno mismo.

Esta historia es como el huevo o la gallina: si no salimos no vamos a conocer a nadie, pero cuando salimos nos sentimos tan mal que preferimos quedarnos encerradas, y entonces cada vez salimos menos, y tenemos menos posibilidades de conocer a alguien. ¿Cuál es la solución?

No se, pero ahora tengo que dejarlos: ayer tuve un cumpleaños de alguien que no conocía, que prometía música, fiesta y encuentros, pero en la que finalmente todos estaban en pareja, y terminé a las 5 de la madrugada sentada sola en un banco mientras mi amiga bailaba con un niño de 21. Así que estoy preparando torta tibia de chocolate con helado para calmar la angustia post evento. ¿Alguien quiere?

martes, 26 de junio de 2007

Top five de frases increibles

Hay frases comunes a todos los hombres: “no sos vos, soy yo”, “para qué poner rótulos”, “nadie cocina como mi mamá”, y una lista interminable. Pero no es aquí donde vamos a ocuparnos de esas, las que marcan un patrón genético común a todos. Las que ya no nos sorprenden porque en esta fase evolutiva nuestro ADN después de siglos de repetición constante viene preparado para escucharlas y hasta convivir con ellas.
Aquí vamos a mencionar las 5 frases más increíbles, descaradas, egocéntricas, desconsideradas y hasta ridículas que un hombre le haya dicho a una mujer. Sólo para el estupor, la risa, el llanto, el asombro, y para ver, que todo es posible.

Este es… el TOP FIVE:

1) “No puedo comprometerme emocionalmente con vos, porque tengo miedo a salir lastimado”: respuesta de un marido a su mujer, con 7 años de matrimonio, tres hijos, después de que en una conversación cualquier ella le dijera "te amo".

2) “¿Qué te pusiste? Eso le queda bien sólo a las de las revistas”: después de que ella hubiese adelgazado 28 kilos, pesara 60 nuevamente, estuviese en pleno momento de fortalecer su autoestima, y se apareciera con ropa interior sexy comprada especialmente para la ocasión.

3) “Vos sos una egoísta, no querés verme feliz”: ellos habían salido entre idas y vueltas casi 8 años. Era su gran amor, ese intocable. Ya habían terminado pero siempre había resabios del pasado que volvían a encenderse. Entonces él decidió encararse a una de sus mejores amigas. Esa fue su respuesta ante el enojo de ella.

4) “Vos viste lo que querías ver. Tu cabeza se lo imaginó”: después de que ella lo encontrara a él en la cama con otra. Y lo defiende hasta el final. Sin palabras.

5) “Sí, con mi ex tengo un problemita ahí, voy a ser papá en un mes”: en la tercera salida, con miles de charlas acumuladas, cuando ella le estaba preguntando cuanto hacía que estaba divorciado y después de que el hubiese dicho que no tenía hijos y que estaba separado (que eso si lo estaba… al menos, no?)

El orden de este ranking es totalmente aleatorio, ya que por momentos me parecen peores unas que otras. No es simplemente la frase, sino el contexto claramente.
¿Lo más increíble de todo? Son ciertas.

¿Hay algo más que decir?

viernes, 15 de junio de 2007

Sexo entre amigos

¿Alguna vez te acostaste con un amigo? (aclaro, este no es el momento y lugar para discutir primero, aunque se debería, si esto es posible dado que para muchos la amistad entre el hombre y la mujer no existe. Pero dejo esta discusión que puede ser eterna para otro momento).
Es una sensación extraña que mezcla el conocimiento y la confianza de todos los días, con la vergüenza de mostrar ese lado íntimo, que nos descubre, que nos expone. Está todo lo que sabemos el uno del otro, desde lo que nos gusta y lo que no, y no hace falta aclarar, y aquello que no nos imaginábamos, ese lugar para la sorpresa y el desconcierto.
Y entonces puede pasar lo mismo que con cualquier otro: que la pases genial, o la pases desastroso. La diferencia está en el después.

Lo que primero percibimos es una situación extraña, cierta incomodidad ante el desnudo, ante el descubrimiento. La mezcla del cariño, y esa ruptura de una barrera infranqueable que en dos segundos frente al fervor de la calentura desaparece. Tal vez nos hayamos imaginado que eso iba a suceder varias veces, pero en una fantasía casi irrealizable. Entonces mientras te vestís empezás a hablar de nada y de todo. De cosas triviales, de las mismas cosas que hablás todo el tiempo pero que ahora se sienten forzadas. Y en realidad no sabés si sentarte a aclarar, si está todo claro, o está todo confuso. Entonces se terminó el momento y uno se tiene que ir, y no sabés como saludarte: si hasta recién te estabas matando, y ahora un beso en la boca es desubicado, y un beso en la mejilla roza la ridiculez. No sabés cual es la forma que hay que mantener, si la vieja o la nueva, y ni siquiera sabés si hay una nueva!!
Desde el minuto uno en que estás sola te empezás a preguntar: qué hice?? Y no tanto porque no hayas querido, sino no hubieses empezado, seguido y terminado. Es que se atascan en fila miles de preguntas pujando por salir primera en busca de respuestas: qué va a pensar? se arrunió la amistad? ahora como lo llamo? me va a llamar? vamos a hablar del tema? nos hacemos los boludos? le habrá gustado? querrá que pase de nuevo? cómo nos tratamos? cómo nos miramos sin imaginarnos desnudos? y ahora qué quiere? y sobre todo: ahora qué quiero?
(Igualmente, lo más probable, es que el tenga muchas menos preguntas o ninguna, porque para la mayoría de los hombres este paso es hasta obvio)
Encima, tanto si la pasaste bien o mal, también para bien o para mal, las imágenes te persiguen sin descanso.
Todo lo que pase después parece estar mal: si se hace el boludo te molesta, si te habla del tema te molesta, si no vuelve a pasar te molesta, si pasa pensás que ahora sólo quiere eso, si no te quiere para nada más por qué no se buscó a otra (porque además una se quita toda la responsabilidad de encima y se la impone a él como si nos hubiesen forzado a hacerlo y una no hubiese accedido), y claramente como es que no está inmediatamente enamorado!

Ahora… no eramos amigos? Por qué vamos a pedir más?

La realidad es que hay un límite muy impreciso entre la amistad y el amor. Porque justamente lo que sentimos por ese amigo es amor. Muchos dirán que es el mismo amor, otros que es distinto. Puede ser el mismo con un condimento llamado "Impedimento". Ese con sabor horrible que nos mantiene alejados de la comida que nos gusta. Pero ese algo que hoy nos separa, mañana puede esfumarse o cambiar, de un momento a otro, con el sabor de la costumbre, cuando nosotros mismos cambiamos, o crecemos, o maduramos, y nos vamos convirtiendo en otros.
Evidentemente nos gusta compartir con ese amigo, reírnos, llorar, hablar. Nos gusta acumular momentos y armar una historia. Desde el momento en que cruzamos la barrera del sexo, el problema es que también nos puede gustar acostarnos con esa persona. Y ahí llega la inestabilidad, el cambio, o el fin.
De cualquier manera es una mierda el breve tiempo en que transitamos a ciegas y tambaleando el camino que nos lleva al destino final. Ese tiempo en que hay que ver que lado toma cada uno en la bifurcación, el que tiene el cartel: Sigamos siendo amigos, o Nos enamoramos. Y lo más importante, si van los dos de la mano en cualquier dirección.

No puedo darles respuestas, sigo en la etapa de las preguntas.

Yo sigo creyendo que la amistad existe y llegar a la etapa del sexo no es inevitable. Creo que si llegamos a eso es porque esa pequeña pared que divide los dos estadíos sufrió una pequeña grieta por la que se filtraron ganas o sentimientos.
Lo importante es ver si queremos de alguna manera reparar la grieta o voltear la pared.

viernes, 8 de junio de 2007

Los histéricos

Es hora de que empecemos a categorizar a los hombres. Porque es mentira que son todos iguales. Ya se, hay miles. Por eso es necesario agruparlos en algún lugar, como un Wikipedia en el que todas podamos colaborar y consultar cada vez que nos haga falta. Que por cierto, suele ser cada vez que un hombre hace cualquier cosa, porque es casi seguro que no vamos a entenderlo.

Empecemos por el más común de los últimos tiempos:

El Histérico

Definición: hombre con particular característica femenina altamente desarrollada que presenta una conducta de acercamiento y alejamiento alternado y continuo demostrando interés pero ningún tipo de concreción.

Descripción: Es el que seguramente va a atraparnos primero con ese halo de misterio, esa distancia atractivamente indescifrable. El histérico viene y se va. Pero en algún momento está, y ese breve instante es el que nos hace ilusionarnos. Porque deja sus miradas, sus frases halagadoras, sus modos naturalmente seductores, su incierto interés. Un devaneo continuo. Pero la realidad es que el histérico solo está probándose a sí mismo. Está reconquistando su ego. Ellos no necesitan que ella realmente esté, ellos necesitan simplemente “saber” que ella está.
Preferentemente envía mensajes de texto en lugar de llamar, porque le permite prolongar la conquista, extender el juego sin tener que enfrentarlo realmente. Un llamado siempre es más concreto, más directo, debe dirigirse indefectiblemente a una conclusión. Los mensajes son la prolongada letenía de la espera que puede interrumpirse y así alargarse de acuerdo a sus ganas de mantener la tensión. Para ello puede dejar de escribir en cualquier momento de la conversación y reanudarla 2 días más tarde alegando una excusa tan desgastada como tener trabajo. Cuando por fin arreglan para salir se tomará dos horas para mirarla, hablarle, acercarse, hasta que en el momento en que ella está por darse por vencida él se acerca y la besa, dejándola en vilo hasta la próxima salida. Si es que hay próxima… porque con el histérico nunca se sabe. No tiene que ver con la calidad de los besos, ni la intensidad de esa noche, tiene que ver con que logró su acotado y simple objetivo de saber que ella estaba interesada. Seguramente desaparecerá por más de unos días, y quien dice días puede decir semanas. Aunque siempre manteniendo un contacto vía mail, mensaje o teléfono en donde dejará deslizar un indicio de que en realidad no ha desaparecido del todo aunque tenga tantas cosas en su vida: trabajo, deporte, amigos, familia, y descanso que no tiene tiempo para volver a verla. Hasta que un día, porque tal vez se siente solo, o tiene la autoestima un poco baja, quiere divertirse, o sencillamente siente que ella ha perdido un poco el interés reaparece como si nunca se hubiese ido. El siempre está…pero no está.

Características: estétas, seductores, caballeros, volátiles, inestables, ególatras, inmaduros. Si presta mucha atención, puede ser un gay encubierto.

Conducta repetitiva: si pero no…. no pero sí… si te acercás me alejo… si te alejás me acerco

La clave: si hay algo que tienen en mayor dosis que la histeria estos hombres es el orgullo. Así que ante la posibilidad de que su ego salga herido, el juego pasa a ser una cuestión de orgullo. Y ahí el hombre se hace débil y manipulable. Como en un tablero de ajedrez, llegar a ese plano es poner las fichas en jaque. De ahí en más sólo hay que saber moverlas con paciencia, audacia y astucia para con el tiempo poder dar el mate.

Recomendación:
si puede, sea firme y aprenda a decir que no, por más encantadores que sean sus intentos. Y no sólo porque el “no” es lo que a ellos los acerca. Que sea un sincero no. El histérico no la hará llegar a nada. Déjelo que vaya… pero que no vuelva.

jueves, 7 de junio de 2007

Serendipity


¿Hay algo llamado destino? ¿Ese único hombre que está esperando ahí por nosotros? ¿O hay muchos, uno para cada momento de la vida?
El otro día leí una frase que decía: “El hombre que viene a este mundo pensando que hay una sola mujer para él es probable que nunca la encuentre”.
Yo acabo de volver a ver Serendipity por vez número…. no puedo contarlas….y cada vez me da esperanzas de creer que mi amor está ahí en algún lado esperando que una jugada del destino nos encuentre.
Entonces, ahí están los dos extremos. Y yo no me decido hacia cual inclinarme.
Por un lado, como dejé deslizar en “Lo que fue.. y lo que no”, siempre tuve la íntima, ridícula y hasta inexplicable sensación de que mi gran amor está en Roma. No hay respuestas para ninguna de todas las preguntas que puedan hacerse. No se por qué Roma, ni cuando lo sentí por primera vez, ni por qué es una certeza, y mucho menos por qué si la sensación me perfora hasta los huesos no tomé ya un avión para salir a buscarlo.
Creo que el miedo a que la ilusión se desvanezca hace que yo prefiera aferrarme a ella.
La realidad es que algo dentro de mi desea fervientemente creer que existe esa otra mitad que hace falta para completarnos porque allá lejos y hace tiempo fuimos separados.
Que te suceda eso que dicen, que cuando conocés al amor de tu vida, el tiempo se detiene.
Aunque… ¿si es verdad lo que dice esa frase? ¿Y si por buscar al Sr. Perfecto nos perdemos a todos los Sres. Casi Perfectos que están a al vuelta de la esquina?
Tal vez significa que en nuestro afán de encontrar al único nos volvemos ciegos y dejamos de ver. Aquella mitificación del hombre ideal hace que ninguno realmente pueda hacerse realidad.
Mi viaje a Roma que pensaba hacer este año volvió a cancelarse.
Así que por ahora creo que voy a seguir buscando entre los espléndidos hombres argentinos un amor que pueda empezar siendo momentáneo, y pueda, quizás, quien sabe, con pocas probabilidades, bajas apuestas, y menos expectativa, con el tiempo, convertirse en permanente.

jueves, 31 de mayo de 2007

Lo que fue y lo que no

Todos tenemos momentos, sueños, relaciones que no fueron o alguna vez perdimos. Una lista que mezcla las cosas que anhelamos o añoramos.
Esta es la mía:

1) Cantar en Cantañiño: o digamos mejor, no cantar, que me llevó a una vocación de cantante frustrada. Igual mis amigos, vecinos y familiares deben aguantarla.
2) Escribir un libro: que quedó en muchos cuadernos llenos de cuentos y poesías, y terminó en la primera página de una novela por siempre inconclusa.
3) Ese amor que no fue: acá tengo más de uno… pero puedo contar claramente dos con los que realmente quería terminar de escribir el final de una historia por demás romántica, novelesca y maravillosa.
4) La amiga que se perdió: esa que por algún motivo se convirtió en otra persona y yo sigo extañando a la que era antes y no se donde quedó.
5) Un primo que alguna vez fue mi mejor amigo: con el que tenía risas y secretos. Hoy no se quien es, ni que puentes tender para encontrarnos.
6) Ese abrazo que te sabía dar alguien en un momento especial, esa contención incondicional, y que no es lo mismo en otros brazos.
7) Mi gran amor esperando en Roma para conocerme: y sí, esta es mi fantasía absolutamente irreal.
8) Las cartas de papel: llenas de poesías, declaraciones, versos románticos, y collages con letras de revistas.
9) Los álbumes de fotos que no se podían borrar porque estaban feas, y construyen una línea de momentos continua y sin saltos.
10) Mi grupo de amigos de la adolescencia, que como eran mayoría varones, están hoy en su casa con sus esposas; y la barra de amigas mujeres que en realidad nunca tuve.

Y del 11 al infinito: tener siempre a mi viejo.

¿Cuál es la tuya?

domingo, 27 de mayo de 2007

Poner rótulos...¿para qué?

¿Qué tiene de malo el compromiso?
Esta es la nueva fobia de la hiper modernidad, a la que cada vez se suman más adeptos. No hago discriminación de sexo, creo que está mas acentuado en los hombres pero las mujeres engrosan las listas cada vez con mayor fervor. Dos generaciones que se esconden tras la histeria, y las relaciones frugales y vacías, enfocados en la diversión breve y repentina, que con el tiempo sólo los lleva inevitablemente a la soledad.
Muchos argumentan como negativo: no poder salir con otras personas, tener que llamar todos los días, ceder espacio, arriesgar la libertad, consultar algunas decisiones, que lo propio termine siendo nuestro. Los más fóbicos, sin decirlo, lo que en realidad temen es salir lastimados después
de haberse entregado tanto y prefieren no correr el riesgo.

Podemos verlo desde ese punto de vista. Sí. Y también
podemos verlo de este otro: comprometerse es tener alguien que te cuide, que se preocupe por como estás. Alguien que te mire a los ojos y sin palabras sepa como te sentís y que necesitás. Que sepa como te gusta el café. Que conozca tu banda, tu libro, tu comida preferida. Que sepa que no te gustan … o si te gustan las sorpresas y sepa actuar en consecuencia. Alguien que aguante tu mal humor de la mañana sin hablarte durante una hora. Que te acompañe a los eventos aburridos. Ese que sabés que estará del otro lado a cualquier hora cuando necesites llamar a alguien en una incipiente desesperación. El que tiene la palabra y el abrazo justo. Quien te llama, sí, tal vez todos los días, porque tiene ganas de escucharte, compartir, reírse, estar. El que se divierte aún sin hacer nada. El que te da espacio porque sabe que igualmente tiene el que le corresponde en tu vida. El que te abraza en las noches de frío. Alguien que te ayuda a decidir. El que te enseña a que no sos sólo vos, sino que también puede ser nosotros. El que te muestra un futuro no tan desolado. El que te permite querer, desear, amar, sufrir, llorar, esperar. El que te da todo y hace, que en tu libertad de poder estar con otras personas, elijas sólo una. Porque no necesitás otra.

Y si nosotros debemos también dar esto a cambio, y cuidar, querer, compartir, brindar y recibir, ¿so what? ¿Acaso no todas las relaciones de nuestra vida, amigos, hermanos, primos, llevan intrínseco algún tipo de compromiso?

El miedo al compromiso en sí no existe, es la excusa más sencilla y menos sostenible de aquellos que se creen aventureros y que no se animan a correr el mayor riesgo: el de llegar a enamorarse.

Comprometerse es en realidad la elección de querer y dejarse querer por propia voluntad. Así que si dejáramos de verlo como una obligación, para verlo como algo que hacemos todos los días porque nos hace sentir bien. Sí mantenemos la libertad porque actuamos por elección, si tenemos más amor, más comprensión, más compañía, más cuidados, más intimidad, más todo porque de dos es más que uno, recuérdenme, otra vez… ¿Qué era lo que tenía de malo el compromiso?

sábado, 26 de mayo de 2007

El último hombre fiel

¿Por qué buscamos siempre un hombre fiel y cuando finalmente lo encontramos nos empeñamos en que deje de serlo? Todas queremos que nuestro hombre sea fiel a nosotras, pero que el ajeno … también quiera estar con nosotras! ¿Es la pequeña satisfacción de la breve victoria sobre otra mujer la que nos impulsa a conquistarlos? ¿O es simplemente superar nuestros propios límites, y demostrar que podemos lograrlo?

Nos afanamos en convertir aquello que anhelamos en la derrota de nuestro propio sueño.
El desvanecimiento del héroe, la autodestrucción del mito.

Mi hermano siempre me repite: de los cuernos y la muerte no se salva nadie. Y aquí todavía estoy yo (no literalmente yo) para demostrar que al menos hasta ahora queda un último hombre fiel, un baluarte que echa por la borda esta máxima.

Lo conocí cuando yo todavía era una pendeja descarada. Sobre todo pendeja para él que me lleva aproximadamente 13 años. No trabajábamos juntos, simplemente cerca. No éramos amigos, teníamos amigos en común. No fuimos, ni somos nada. Es realmente esas historias que sencillamente va construyendo a su antojo el destino. Cuando yo lo conocí el estaba por casarse. Y ahí el terco destino se equivocó al no impedirlo. No puedo explicar que nos unió. Qué nos hacía estar cerca. Yo lo buscaba y él se dejaba encontrar. Tengo frágiles tesoros que el tiempo pretende desvanecer. Tengo en mi memoria charlas, canciones, una rosa, algunas frases, paseos en auto, algunos bailes, almuerzos y cafés, una que otra cena. Varios besos que sólo se acercaron a las comisuras. No más que roces. Esa extraña sensación de que debería ser pero no es. Un tensiómetro saturado de ganas contenidas. Una ilusión sublimada por la realidad no consumada.
Me gustaba provocarlo. Probar el límite en donde fuera a ceder. Me excitaba verlo fumar. Esa extraña exhalación de deseo y placer.
A través de una imprecisa década nos hemos reencontrado. Casual o intencionalmente. Sin ningún tipo de justificativo. Para conversar y compartir. Para reírnos. Para mirarnos. Para no decir nada y aún así estar diciendo todo. Porque a pesar de mis insistencias él no sólo no hizo, sino que no dijo nada. Fueron todas percepciones, conjeturas.
Claro, podrán decir, me lo inventé. Nunca hizo nada porque no le pasaba nada. Pero vos que estás de ese lado sabés que estas cosas se sienten. Se delatan en acciones imperceptibles. Se filtran por las pequeñas hendijas de la seguridad obtenida y el hastío cotidiano.
Hasta que finalmente, no hace mucho, cuando ya me había rendido, llegó la esperada confesión en frases dispersas, en insinuaciones, en el miedo expresado en la evasión. Esa simple garantía de que no había sido sólo mi historia.
Y aún así, jamás pasó nada. Todo sigue densamente flotando en el aire.

¿Quién puede culparlo? ¿Quién puede juzgarlo? ¿Quién dice si la elección correcta fue mantenerse fiel a su mujer, o fiel a lo que tendría ganas de hacer? Sólo el sabe porque eligió ese camino, y si fue el que lo hizo feliz. Un amor a una aventura. O la seguridad a un posible amor. O….
Hoy más madura, más mujer, menos impulsiva y menos descarada puedo ver a la distancia que lo que yo me esforcé tanto por cambiar de él es lo que me hace admirarlo. Y aún queriendo conseguirlo, se que en el momento de alcanzarlo estaría a su vez destruyendo aquello que valoro, que lo hace único. ¿Por qué destruir lo que deseamos, aunque sea de otra y no nuestro?
En mi corazón y mi cuerpo luchan sin descanso los sentimientos y las ideas, de desearlo o resguardarlo, de quererlo o respetarlo, de tenerlo u olvidarlo. A veces gana uno, el que la mayoría denominaría el correcto, e inevitablemente cada vez que lo veo o lo recuerdo, vence el otro, el primitivo, el instintivo, el incontrolable. Es que no siempre los principios se corresponden con lo que no está bajo los dominios de la razón. Y supongo que el habrá luchado este tiempo con otras dicotomías que no ha resuelto y es por eso que aún hoy seguimos aquí, simplemente hablando.
Por eso, sin absolutamente ninguna seguridad ni certeza, creo que todo aquello que no fue me permitió construir la maravillosa imagen de lo que es. El me hace mirar hacia el futuro con la ilusión de que si no fue él, es justamente porque habrá alguien como él.

Preservemos las especies en extinción, porque nos dan la esperanza de que con el tiempo, aunque sea lenta y sigilosamente, por el bien de todas, vuelvan a reproducirse.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Honestidad bruta

¿Cuál es el límite entre la honestidad y la crueldad? ¿Cuándo deja de ser por el bien del otro para realmente ser por el bien de uno? ¿Cuál es la verdadera necesidad de decir todo? ¿Se puede decir cualquier cosa siempre que sea de un buen modo; se puede decir lo que sea mientras sea sincero sin importar el modo, o el qué y el cómo importan vayan juntos o separados?
Vivimos rodeados de gente que, así como nosotros, siente, piensa, sufre, quiere, tiene un modo personal de vivir y de actuar. ¿Podemos en nombre del amor que le tenemos a alguien decirle algo sin pensar cómo lo va a tomar, cómo lo va a hacer sentir, simplemente porque sentimos que es lo correcto? ¿Quién nos dice que tenemos la verdad? Porque la verdad, es que no hay una verdad. Que uno hace lo mejor que puede en el momento que está. Y nadie es quien para juzgarlo si no puede ni por un segundo tener la empatía suficiente para sentirse realmente en el lugar del otro. Cosa que, dicho sea de paso, por más que creamos poder hacer, es casi imposible.
Venimos cargados de historias, de aprendizajes, de dolores, de cicatrices, de preconceptos, de costumbres que nos hacen aquel que somos. Y hacen de cada uno un ser único e irrepetible. Entonces cómo podemos desde acá juzgar que es lo que aquel hace desde allá.
Uno elige a sus amigos, a sus parejas, a la gente de la que se rodea. Por amor. Aceptándolos como son. Aprendiendo de las diferencias. Nutriéndose de aquello que uno no es. Y si esas diferencias molestan tanto, o son irreconciliables, simplemente tomamos otro camino. Pero no podemos creer que tenemos el derecho de cambiar a la gente creyendo que nuestro pensar o accionar es el correcto.
Antes de hablar pensemos como nos sentiríamos si es a nosotros a quien nos dijeran eso. Y después de pensar, pensemos de nuevo....
A veces con ciertas palabras uno causa un dolor irreparable. Algo dentro se rompe para siempre y no se puede volver a unir.
Por eso dediquémonos a descubrir en cada momento la persona que tenemos en frente. Porque de todo se aprende. Porque siempre hay algo malo que vemos en el otro que es el reflejo de aquello que en realidad nosotros somos. Sólo que en un espejo las cosas se ven más fácil…
Destaquemos lo bueno. Porque el mundo se convierte en un lugar mejor si rescatamos lo mejor de cada uno.
Y si hoy no pueden hacer nada de esto, no es ni un consejo, ni una obligación. Desde mi pequeña experiencia, es mi humilde forma de ver la vida. Porque después de todo, ¿quién soy yo para juzgarlos?

viernes, 30 de marzo de 2007

Los miedos masculinos

¿De qué se asustan los hombres? De todo. De nada. Muchas veces terminamos pensando que hicimos mal para que salieran corriendo. Y la respuesta la mayoría de las veces debe ser: NADA!! Ellos simplemente tienen problemas manejando ciertas situaciones, y prefieren huir que afrontarlas.
A qué le temen entonces:

1) a que les digan “te quiero” antes que ellos
2) a que otro hombre sea mejor en la cama
3) al compromiso
4) a los programas con familiares o amigos
5) a ver dos cepillos de dientes en lugar de uno
6) a que dejes la crema de enjuague
7) a las vacaciones con vos y sin amigos
8) al casamiento (bue… yo tambíén)
9) a querer demasiado
10) a las toallitas femeninas
11) a que no tomes la pastilla
12) a tener que llamar, estar, compartir, dejar de hacer, cambiar planes, conciliar.
13) a que no se les pare
14) a que los engañen
15) a pasar las 24 horas juntos
16) a que seas muy independiente y no los necesites
17) a que seas muy dependiente y los necesites
18) a que seas exitosa
19) al intercambio de llaves
20) a que después de una relación ocasional las mujeres crean que ya están de novias (sepanló: las mujeres también queremos sexo ocasional y volver a dormir a nuestra casa)
21) a que no puedan cumplir con tus exigencias
22) a que les dejes una bombacha, o el camisón, o un perfume
23) a que digas “nuestro auto” cuando es suyo
24) a que no acaben
25) a que te relaciones con su mamá
26) a que veas su billetera, teléfono o computadora (por algo será)
27) a los rótulos
28) a que les guste la “estimulación prostática”
29) a que el tiempo te convierta en su suegra
30) a dejarte
31) a decir lo que realmente sienten

O sea, resumiendo: a la relación en sí.
Pero básicamente, a que te des cuenta que si no dejan estos miedos de lado, en el siglo XXI, lamentablemente para el amor en general, podemos conseguir un amante temporal, un banco de esperma, un sueldo más que digno, casa y auto propio, plomero, gasista, electricista y dejar de esperarlos.

lunes, 26 de marzo de 2007

Donde manda el corazón...

Uno no elige de quien se enamora.
Es una frase hecha absolutamente cierta que intentamos refutar a diario. Porque no podemos permitir que una fuerza desconocida tenga el control de nuestro destino. Persiguiendo una certeza incierta, pretendiendo ser únicos dueños y responsables de nuestros actos, buscamos racionalmente a aquella persona que creemos que por compatibilidad de caracteres, o porque suma mayor cantidad de puntos en nuestro multiple choice, nos hará felices.
Porque seamos sinceras, ¿quién no tiene su planilla excel con un listado interminable de cualidades que los hombres deben cumplir? Esa que revisamos mentalmente tildando casilleros cada vez que conocemos a alguien con alguna posibilidad de convertirse en candidato. Quién se atreva a decir que no, que arroje el primer comentario.
Entonces ahí esta él, desbordando aquello que ni siquiera imaginamos: poca estatura, risa de nene, timidez dominante, tragos de más, ropa formal, quizás hasta un cigarrillo. Y te mira con ojos brillosos. Te dice tres pavadas, te roza. E inesperadamente te tiene. El tiempo pasa, se conocen. No es quien esperabas. Piensan distinto, les gusta otra música, otra comida, otras películas, otros deportes, no tiene el título que esperabas, ni la misma mirada sobre el futuro. Es un inmaduro, fóbico, terco, caprichoso. Y aún así disfrutaron cada segundo en los que compartieron tantas cosas, gestos, risas, besos, caricias, regalos, secretos. Esos detalles que de tan pequeños entran por los poros de manera imperceptible, buscando el camino secreto hacia el alma. Para aferrarse, para adueñarse, para quedarse. ¿Qué hacemos entonces? Renegamos. Intentamos convertirlo en el modelo que creamos. Consideramos nuevas cualidades que no habíamos contemplado para poder aceptarlo. Le ponemos lo que falta, le sacamos lo que sobra. Tratamos de convencernos, o justificarnos. Porque a pesar de todo él ya nos ha ganado. Porque aprendimos a quererlo como realmente es. Y en la incansable búsqueda por encontrar en él a otro, este que aquí estaba se ha marchado.
Entonces para consolarnos, tomamos nuevamente nuestro excel y pensamos: es mejor así, si al final no era nada de esto. Tenía una dos tres… quizás cinco cosas que me importan… seis….
Pero la realidad es que como todos saben, el corazón tiene razones, que la razón no entiende.
Así que, por más que nuestras amigas en un esfuerzo por sacarnos de nuestra prolongada letanía se empeñen en decirnos que es poca cosa para nosotras, que no vale la pena, que hay alguien mejor, que no está a nuestra altura, nuestro pobre corazón, ya casi agotado de manifestarse sin ser escuchado, reclama con un último grito ahogado y desesperado por aquel hombre que supo saltear nuestra razón y nos llegó directamente al alma.

sábado, 24 de marzo de 2007

Test del ex


¿Cómo saber si ya superaste a tu ex?
Si sinceramente ya pasó el amor, el dolor, el resentimiento, la costumbre, el cariño, las ganas de estar, los deseos de venganza.

Si vas al lugar donde sabés que vas a encontrarlo, y te probás todo el placard para elegir con que ropa te van a mirar todos los hombres del lugar, no lo superaste.
Si ni siquiera te preguntás a donde estará yendo y salís despreocupadamente con tus amigas al bar que elijan sin miedo al encuentro, sí lo hiciste.
Si le pedís patéticamente a un amigo u otro ex que se haga pasar por tu novio, y te bese apasionadamente frente a él para que sepa que este territorio ya no es de su propiedad, y te sentís victoriosa con tu absurdo montaje que es a vos a la que no logra convencerte, definitivamente no lo superaste.
Si podés quedarte un sábado a la noche disfrutando realmente de tus DVDs y tus chocolates, y pasearte por tu casa con una sonrisa sin necesidad de que un plan aburrido ocupe tus horas, sí.
Si pasás por la puerta de su casa a altas horas de cualquier, o peor, todos los días de la semana, a ver si su auto está estacionado o salió, no.
Si empezás a salir con alguien sin compararlo en cada gesto o actitud, vas en buen camino.
Si todavía chequeas todos los días tu casilla de e-mail, apretando frenéticamente send/recieve aunque sólo recibas correo basura, mientras lees los mails que se enviaban y mirás el Messenger durante horas esperando que su muñequito se ponga en verde solo para que exista la posibilidad de que te escriba, definitivamente no.
Si podés transarte uno de sus amigos, no por revancha, sino porque era el que realmente te gustaba cuando salías con tu ex, sí, porque significa que lo que él piense ya no te importa. Eso sí, sabé que el amigo no vale la pena.
Si tus amigas empiezan a poner excusas cada vez que querés juntarte con ellas simplemente porque están hartas de que su nombre se repita más veces en la conversación que la palabra “nada”, es hora de que escribas un diario.
Si todavía no querés salir con nadie porque te tomás tu tiempo para estar sola, y conocer el adecuado sin tratar de llenar vacíos… pueden ser cualquiera de las dos.
Si estás preparada para presentarle a una de tus amigas, no hay dudas que sí. Pero seamos sinceros, ¿a quién le pasa esto?
Si te compraste una vaca de peluche para tener a alguien a quien abrazar a la noche, ¿no es obvio que todavía lo estás extrañando?
Si te lo cruzás de casualidad, no te agarra taquicardia, y no pensás: estaré horrible, justo hoy me tenía que ver, y te puede contar que es de su vida y vos sinceramente te emociones de que esté bien, se ha convertido en un lindo recuerdo del pasado.
Si mirás las series que a él le gustan para sentirte más cerca aunque vos no las soportes, sabé que el no va enterarse y emocionarse y no van a poder comentarlas. No pierdas el tiempo.
Si al final de cada día no pensaste al menos 3 veces en cosas que hacían juntos y hoy seguís haciendo sola, es porque ya no lo necesitás a él para compartirlas.
Si estás escribiendo esta nota porque hace dos días te lo cruzaste convencida de que no te generaba nada, y el diagnóstico final fue: dos días de llanto, y una faringitis que te dio 3 días de excusa para meterte en la cama, absolutamente, asumí, que no lo superaste.

jueves, 22 de marzo de 2007

Beautiful Ending

Soy adicta a las comedias románticas. Quizás porque en ellas encuentro esa tenue esperanza de que un amor así de verdad existe. Nos dan un respiro de alegría, y nos permiten disfrutar del viaje aunque sepamos de antemano cual es la estación final. Porque nos permiten soñar con tener la mejor declaración de amor que ningún hombre pueda imaginar cuando Harry le dice a Sally:
“Amo que tengas frío cuando hace 20 grados a la sombra. Amo que te tomes una hora y media para ordenar un sandwich. Amo que se te haga una arruguita en la frente cuando te quedas mirándome como si estuviese loco. Amo que luego de haber pasado todo un día contigo, todavía puedo sentir tu perfume en mi ropa. Y amo que seas la última persona con la que quiero conversar antes de dormirme a la noche. Y no es porque esté solo, y no es porque sea víspera de Año Nuevo. Vine aquí esta noche porque cuando te das cuenta que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida comience lo antes posible”. O con la simple frase de Jerry Maguire, despojada de orgullo y rogando perdones, que envuelve todo lo que ni mil palabras podrían decir: “you complete me” (no suena igual en español). Y esperar que quien menos imaginamos llegue a nuestra puerta cargado de carteles donde promete amarnos hasta que luzcamos decrépitos, porque eso es Realmente amor. Porque podemos creer como en La Casa del Lago que el amor mágicamente puede superar el tiempo y el espacio. Y puede demostrarnos que esa “magia” que sintió Tom Hanks la primera vez, se puede volver a sentir. Que tal como en 50 first dates alguien puede enamorarnos nuevamente cada día. Que las diferencias no son un impedimento para terminar juntos en un Amor a segunda vista. Que en el amor también se sufre, se arriesga, se gana y se pierde y aún así, Como un angel enamorado, vale la pena vivirlo. Porque como en Pretty Woman o Notting Hill los cuentos de hadas todavía existen. No importa cuan soltera, hebria, gorda y patética puedas estar en tus 30, tal como Bridget puedes encontrar tu príncipe azul. Porque todo ese tiempo sólo debemos esperar a que llegue el indicado. Y aunque como en Sweet Home Alabama, puedas tener dos hombres perfectos, sólo uno, sin ser mejor ni peor, será el que te llene el corazón. Y no importa lo que hagas, si hay amor de verdad, no sabrás Como perder a un hombre en 10 días, ni en 100 años. Porque siempre en una gran historia de amor, Alguien tiene que ceder. Y si aún estamos en una historia que no nos hace sentir y vibrar de esta manera, tomémonos un Descanso, y busquemos una nueva oportunidad de ser felices.
Porque amigas, este sueño de amor infinito puede estar ahí en algún lugar. Dicen que la realidad supera la ficción. Si alguien lo escribió es porque puede suceder. Porque todo lo imaginable es posible. Sólo hay que descifrar las Señales de amor. Aferrémonos a esta esperanza. Encontremos a ese Don Juan de Marco que busca incansablemente a su amor. Búsquemos a nuestro propio Damon Bradley. Simplemente en un café, en una plaza, en un amigo, en un micro, en un lugar inesperado, una noche, una tarde, una mañana, o Antes del Amanecer. Para poder mirarlo a los ojos y decirle: “esperaba que fueras tu…. Deseaba tanto que fueras tu”. Y escribamos en nuestra propia vida, ese final de novela.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Dos extraños son...

Todas las historias de amor comienzan desde el desconocimiento absoluto. Dos perfectos extraños que no saben nada el uno del otro. Ni los datos cuantitativos ni los cualitativos. Los primeros son los más fáciles de conocer, basta con un encuentro, una charla. “Hola, soy Martín, ¿vos?” “Hola soy Laura”. A continuación procederán a las preguntas poco creativas y de rigor acordes a la edad y la situación: “te gustan las Manon”, si se conocen en el jardín de infantes, “jugamos a la Play”, si transitan la primaria, “a donde vas a bailar”, en la secundaria (sí, los chicos hoy empiezan temprano), y cuanto más adultos somos, más tendemos a caer en las pobres y realmente desinterasadas frases hechas: “de dónde sos, de qué trabajás, qué estudiás, de qué signo sos”. El interrogatorio puede ser apretado y corrido, durante unas cuantas horas de charla, o puede intercalarse en distintas conversaciones, salidas, SMS, mails mientras la relación va tomando forma y color. Muchos se esconden tras la máscara de la amistad, hasta que adquieren el coraje necesario, o tienen la seguridad de que es la persona que quieren. Otros realmente empiezan siendo amigos, hasta que un día se preguntan porque la otra persona es la última con quien quieren hablar antes de dormirse. Aunque también están aquellos que se enamoran a primera vista, o a segunda. Y también, porqué no, los que sólo buscan un amante, y una noche, sin quererlo se duermen abrazados y ya nunca se separan. Sea como sea, ahí están. Unidos. Comparten las primeras miradas cómplices. Los roces. Los besos. La cama. Los sueños. Entonces llega el momento de los datos cualitativos. De a poco se adentran en un submundo ajeno, repleto de secretos, de historias pasadas, de anécdotas. Se interesan por conocer los gustos del otro, las preferencias, las necesidades, los anhelos. Se establecen fechas conmemorativas: el primer beso, la primera cena, el mes, el año, el primer Evatest negativo. Se intercambian llaves. Una casa empieza a quedar vacía, planificada o espontáneamente. Y así viven, y están, en cada detalle, en cada momento, en cada palabra, en cada pensamiento, en cada deseo. Porque se quieren, porque se interesan, porque se buscan, porque se desean, porque se importan.
Entonces, un día, después de muchas idas y vueltas, enojo, desgaste, bronca, llanto, peleas, dolor; o, sin previo aviso para alguno, de manera abrupta y trágica, toda esta vida que era de dos vuelve a ser de uno. Y uno no entiende como puede, habiendo sido un todo, volver a ser una mitad. Un solo cepillo de dientes, una almohada, un plato, una película que decidimos solos, un tercero en las salidas con amigos, un sábado a la noche sin plan, unas vacaciones en single, un lado de la cama sin desarmar. Y se pregunta, ¿continuamente: ¿qué estará haciendo ahora? ¿estará extrañando como yo? ¿seguirá con su rutina? ¿saldrá con sus amigos? ¿habrá conocido a alguien? Y trata de averiguar, de saber. Porque es una manera de aferrarse. De no olvidar. De no perder todo ese bagaje de conocimiento que llevó tanto tiempo construir. De no volver a sentirse tan solo.
Hasta que un día, sin esperarlo, la herida sana, y se despiertan renovados. Casi confiados. Casi abiertos a un nuevo amor que les sale las heridas. Volverán a empezar.
Y esa persona que una vez fue todo, no será más que un recuerdo vago y lejano que se hace absurdamente intangible. Cuesta hasta creer que todo aquello haya sido cierto. Entonces se darán cuenta que el tiempo pasó. Que la vida continuó. Que ya no sabrán nada el uno del otro. Y un día cualquiera, se cruzarán en la calle, en un cine, en un bar, en una reunión. Y estará con alguien, o estarán solos. Por un segundo se mirarán en esos ojos tan conocidos. Y en ese breve instante descubrirán que todo aquello que fue tan vuestro ahora es tan ajeno. Tan distante. Tan desconocido. Ya no sabrán en que ocupa sus minutos, sus pensamientos, sus deseos, sus amores. Se saludarán, con un rápido “hola, tanto tiempo”. Temiendo que todo el pasado los envuelva y los delate. Y será una conversación incómoda, o un reencuentro feliz, que durará segundos, u horas de café. E indefectiblemente, uno dirá “tengo que irme”, porque su vida sigue, porque ya no comparten, porque ya no van juntos en un mismo camino. E inexorablemente se separarán sabiendo que cada uno volverá a su nueva vida, siendo simple e inexplicablemente, dos extraños.

viernes, 16 de marzo de 2007

De Carrie a Susan

Sí hay algo simple de encontrar son estereotipos. Formados a través de la exageración de una o más características, creamos un modelo, y vamos englobando al mundo dentro de ellos. Y si alguien no encaja en ninguno, creamos uno nuevo. Es una manera simple de predecir y justificar los actos venideros o pasados. De catalogar para entender frente a quien nos encontramos y actuar en consecuencia. La histérica, la puta, la loca, la mojigata, la extrovertida, la malhumorada, la reprimida, la comehombres. Podría listar una página de ellos. Pero las mujeres podemos identificarnos fácilmente con alguna de las cuatro maravillosas mujeres de “Sex & the City”: Carrie, Samantha, Charlotte y Miranda. ¿Quién no cree ser una de ellas en realidad? La escritora obsesionada con una gran historia de amor cargada de miedos y dolores; la desenfrenada sexual despojada de prejuicios y exitosa relacionista pública; la abogada histérica superada escondida en su coraza y su autosuficiencia; o finalmente la versión yankiee de nuestra Susanita envuelta en sueños de señora. Quien más quien menos todas somos ellas. Con un balance desequilibrado entre los defectos y virtudes de cada una. En un intento por simplificarnos para entendernos, con mis tres amigas nos adjudicamos a cada una un personaje que es quien más se acerca a nosotros, aún sabiendo que somos un poco todas. Permítanme reservarme quien es quien….
Pero también sabemos que estas fantásticas mujeres solteras de hoy, cerca de los treinta por unos años más o unos menos, repletas de historias de hombres, sexo, desenfrenos, borracheras, salidas, noches, secretos y amistades, pueden estar en el terrible e inevitable camino de convertirse en las futuras madres y esposas de “Desperate Housewives”. La evolución, o involución, de aquellas cuatro mujeres a un estado e desesperación, frenetismo, desconsuelo, rutina, esquemas, desamores, resignaciones, sufrimientos. Entre llantos de bebes, tortas caseras, reuniones con vecinos, fiestas familiares, charlas de colegio. Podremos encontrarnos en la despistada y extrovertida Susan que sólo busca reencontrar una historia de amor; en la manipuladora Gaby que simplemente desea disfrutar y seguir viviendo en su cuento de hadas; en la exitosa Lynette que debe dividirse entre la superioridad laboral sobre su marido, sus extenuantes hijos y un trabajo demandante; o en la obsesiva Brie que ha alcanzado todo lo que Charlotte quería. Y otra vez, en la mezcla de todas ellas. Podemos vislumbrarnos allí con esperanza o desconsuelo. En la paz del anhelado hogar, o viviendo a través de las historias de otras mujeres solteras que disfruten la vida que en nuestros sueños añoraremos. Recordando en las noches de los suburbios aquellas historias de ciudad.

viernes, 9 de marzo de 2007

La traición de la soledad

Es tan fácil dejarse llevar. Ir detrás de una sonrisa. De una caricia. Es una necesidad. Nos dejamos engañar. Llenamos vacíos, esperas. Intercambiamos el lugar de la persona anhelada, por un suspiro pasajero. Y se repite. Una, y otra vez. Nos equivocamos...
¿Nos equivocamos?
Simplemente nos dejamos guiar. Es la traición de la soledad. Como una burla, con una tenue carcajada, se siente victoriosa en nuestra desdicha. Y nos impulsa de una manera inevitable a los brazos de relaciones sin sentido, temporales, fugaces, frágiles. Las que dejan una sombra más que una huella. Las que al irse, nos dejan aún más vacíos.

Desencuentros

Es increíble como las cosas cambian: los lugares cambian, los sentimientos cambian, las posiciones, los deseos, los sueños. El problema es cuando cambian a destiempo: cuando dejamos de querernos a la vez, de desearnos a la vez, de sentirnos, de extrañarnos. Es en ese momento cuando uno queda pendiente de sus deseos, esperando que los deseos del otro vuelvan de aquel lugar lejano a donde se fueron.
Y una vez se fueron los mios. Otra vez los suyos. Y si hacemos un balance, nuestra historia está compuesta más por la suma de desencuentros que de encuentros. Lástima que esos breves encuentros son los que hacen que hoy exista esta historia.

Nos conocimos en la primaria. Pero mis primeros recuerdos son casi al final de la secundaria. Cuando ya Federico se había convertido en el chico que todas deseaban. Incluso yo. Reuniones de estudio, salidas grupales. Excusas. Finalmente en el momento en que todos se divertían, con unos y otros, y otros, nosotros decidimos estar juntos. Mi viaje de egresados no fue el descontrol y la euforia, sino el romanticismo, los besos, las caminatas de la mano, las flores de papel. Y así como de pronto empezó, de pronto terminó. Sus cartas fueron demasiado románticas, sus llamados demasiado intensos, su compañía demasiado asfixiante. Y con una estaca de hielo le rompí el corazón. Había tenido el principe con el que todas soñabamos, y aún así lo dejaba ir. Alguien me había dicho que yo en realidad no le interesaba, y el orgullo armó mi coraza, cubrió mi corazón y se resguardó de cualquier posible sufrimiento. El lloró, pidió, deseó. Pero no lo escuché, y como la dama de hielo me fui, a mis lóbregos cuarteles de invierno. Buscó, con razón y deseos de calma, un corazón abierto que le diera abrigo. Y yo fui en busca de un hombre tal vez como el que había dejado. La vida nos fue encontrando en eventos, cumpleaños, en la calle. Cada encuentro era una excusa para que volviera a llamarme, a buscarme, a intentar. Pero al poco tiempo sus intentos pesaban tanto como esas culpas que no compartimos. Y volvíamos a separarnos. La vida nos dio doce años necesarios para crecer, cambiar, ser más nosotros y a la vez más otros. Y finalmente, en un encuentro casual, la charla se hizo demasiado pero agradablemente extensa. Y hubo nuevas charlas, nuevas salidas. Nuevas miradas, roces, sonrisas, complicidades. Pasaron meses. Su compañía se convirtió en necesaria. El era el refugio al que yo acudía en mis pequeñas desesperaciones, y yo era el suyo. EL preguntó: ¿por qué no? Yo dije: ¿por qué sí después de 12 años?. Y como una gran declaración respondió: “porque me gustás, porque te admiro, porque me divierto, porque sos inteligente, porque te quiero. ¿Por qué no?”. Yo dije: “soy tu asignatura pendiente. Se te va a pasar”.
Y como una profesía cumplida, un mes alcanzó para tener y dejar de desear lo que había buscado por tanto tiempo. Y nació en él el miedo, la asfixia, el temido compromiso. Invitablemente nos separamos. Por otros seis meses. Y un día llamó. De a poco volvimos a ser amigos. Y todo inevitablemente nos llevó a necesitarnos nuevamente, a estar, a compartir, a desearnos. Y para mi se convirtió en el hombre que nunca había visto. Con quien me divertía. A quien me gustaba malcriar y que me malcriara. A quien conocía, y dejaba que me conociera. Porque con él no competía, ni lo evaluaba, ni comparaba. Porque nos aceptabamos. Porque nos reíamos. Porque no había nada que demostrar. Ni nada que decir. Porque podía ser yo. Porque era él. Porque me sentía libre y podía ser más mujer, y más sensible, y más indefensa. Y dejarlo a cargo.
Y aún así, otra vez se fue. Otra vez. Dejando bronca y dolor. Porque habíamos perdido lo bueno y lo malo. Hasta el sueño de lo posible. Ya no eramos nada.
A los siete meses Federico volvió a llamar, diciendo que era un buen comienzo. Cual comedia romántica llegó a mi casa a la una de la mañana para dormir juntos abrazados toda la noche. Esta vez ambos sabíamos qué debíamos hacer: yo no presionar, el no desaparecer. Y aunque dicen que la tercera es la vencida, tampoco lo fue.
Simplemente, desapareció. Hubo silencio. Preguntas sin respuesta. Excusas. Hasta que me acostumbré a extrañarlo. A sentir a diario los espacios vacíos como parte de mi rutina.

Ha pasado un año y sí, nos hemos vuelto a hablar. El mundo espera nuestro final feliz, porque es como terminan las grandes historias de amor, en las que siempre se unen al final de los desencuentros. Reconozco que en algun momento creí que el volvería como Harry, en esta película paralela, con una gran declaración. Y que tal como él, no volviera a irse.
La realidad es que esta gran historia de amor, como las verdaderamente grandes, dejó mucho llanto, desilusiones, y lindos recuerdos que contar. Y la íntima idea de que el destino jugó con nosotros, dejándonos perdidos, finalmente, a cada uno en un camino distinto.

Y sí, también dejó algunas enseñanzas:
- si alguien quiere estar realmente con alguien: está. No hay medias tintas, no hay sustos, no hay miedo al compromiso, ni llamados pero falta de tiempo para verse.
- La soledad puede ser un sentimiento muy potente para acercarnos a la persona que es casi lo que queremos.
- Todo vuelve en la vida… no lastimes a alguien, porque un día ese alguien puede lastimarte.

Si están en estas idas y vueltas, en esa indefinición, en esta incertidumbre. Si alguien les dice que tiene miedo, y viene y se va. Y está, pero a medias. Entonces… no está. Con dolor, conviértanlo en una linda historia que recordar, antes que sea demasiado dolorosa hasta para querer recodarla. Salven lo que quede y salgan a la vida a buscar una historia de amor igual de grande... pero con final feliz.