sábado, 26 de julio de 2008

Los pros de vivir sola

Vivir sola tiene muchísimas ventajas, más allá de si es vivir sin una pareja, o sin una madre, o sin hijos. Hay ventajas para todos los gustos:
  • Vivís en tu propio desorden sin que nadie te diga: juntá lo que dejaste tirado. Y a su vez, no tenés que perseguir a nadie para decirle: juntá lo que dejaste tirado.
  • Todo, pero TODO el placard: es tuyo. No hay que tirar la remera de las ballenas porque no hay lugar, ni compartir, ni correr, ni sacrificar tu propio espacio. Podés ordenar las remeras y los sweters por color, por tamaño, o por ocasión de salida. O si no tenés ganas, no ordenarlo. Total, entra todo.
  • A la hora de la comida, cocinás una milanesa, un bife, o una ensalada, o un yogurt. No tenés que consultar con nadie qué tiene ganas de comer, sólo con tu estómago, y nadie te va a decir después:”no te salió tan rico esta vez”. O: “mmm.. no tenía ganas de comer carne, comí al mediodía”.
  • Cuando terminaste, y llegó la hora de lavar, es muy simple. O va a dormir a la pileta, o lavás solo un plato, un vaso y un juego de cubiertos. Sencillo y rápido.
  • El botiquín del baño puede tener todas las pelotudeces que se te ocurran: algodón, algodoncitos para sacarse el maquillaje, quitaesmalte, esmalte, crema para contorno de ojos, para la noche, para el día, para la tarde, bases de distintas tonalidades, mil sombras, rimel, cepillos, crema para el pelo, hebillas, tus propias maquinitas de afeitar, más cremas que nadie sabe para que sirven pero están, desodorantes, toallitas, tampones, Carefree, secador, planchita, buclera, aceites, lociones, sales de baño, burbujas para el baño… creo que hasta yo me perdí.
  • No hay que compartir el dominio del control remoto. No hay fútbol: ni el campeonato local, ni Chacarita contra Mandiyú, ni el Barza contra el Real, ni la Eurocopa, ni nada de nada de nada. Sólo le hace caso a tu dedo y decide ver: series, novelas, publicidades, o ir de una punta a la otra sin ver nada, varias veces, ida y vuelta, hasta que te convecés que no hay nada, y te vas a dormir.
  • Podés llegar de la oficina y tirarte en el sillón apenas dejás la cartera. Y no hacer nada de nada, ni tener que hablar con nadie, ni responder, ni preguntar.
  • Las cosas van donde más te gustan y no tenés que consensuar con nadie el color de las sábanas, ni de las cortinas, ni los muebles que van, y sobretodo, aquellos que no van.
  • Escuchás la música que querés, todo el tiempo que querés, y la repetís cuantas veces querés, hasta tu propio hartazgo (o el de los vecinos, que igual no tienen ni voz ni voto)
  • Entrás y salís cuando te viene en gana. A horas insólitas o no tanto. Y también entra y sale quien te viene en gana, a las horas insólitas. O no tanto.
  • Podés respetar tus silencios. Y si tenés ganas de hablar, sólo hace falta levantar el teléfono.
  • No hay posibilidad de que vengan amigos de tu novio, de tu vieja, de tus hermanos que no soportás. Por lo tanto, generalmente la gente que viene a tu casa, es más que bienvenida. Porque si no, siempre está la opción de no atender el teléfono o el portero, o simplemente decir: estoy con gente, o no voy a estar.
  • Podés andar por la casa desnuda después de bañarte. O antes, o siempre.
Toda esta panacea es maravillosa. Es un pequeño mundo construido a la medida, imagen y semejanza de su dueño. Pero claro… no todo lo que reluce es oro, ¿no? Y aunque parezca que se tiene todo, también falta tanto….
Pero eso se los cuento mañana, porque ahora voy a disfrutar de la cama de dos plazas toda para mi, para dormir en el medio, o en el costado, o a los pies, o donde caiga. De eso me había olvidado.

viernes, 11 de julio de 2008

Esquizofrenia

A veces uno se pierde en la oscuridad, o se duerme en la bruma. Desaparece. Se desvanece. A veces la tristeza es tan densa que consume hasta las palabras. Las ausencias son tan presentes que ocupan, asfixian, aprisionan. Te dejan aislado en un cuarto sin luces ni ventanas. Entonces sólo queda dormir, o llorar. Seguramente callar.
Buscar adentro, adentro. Donde ya no hay nada. Ahondar, seguir, explorar. Silencio. Ecos. Recuerdos. Un día estuvo aquí. El sueño se hizo presente. Lo sentí. Lo toqué. Lo viví. Y se fue. Cruzó el mar. No importa donde, simplemente lejos. Donde no llegan las palabras, ni los gritos, ni el llanto. Y abrazás el aire. O la esperanza. Hasta que vuelva. Hasta que regrese. Y no regresa. O sí. Pero no a mí. A otra. A la de siempre, o la de casi siempre. A la que no era, pero resulta que es. Y te lo cruzás. Se miran. Nada. Un guiño. Un abrazo imperfecto. Los cuerpos no se amoldan. Ya no se conocen. Tiene otra dueña. Los besos son de otra. Las risas, los proyectos, los perdones. Sólo queda irse. Huir. Esconderse. Olvidar. Dormir, dormir, dormir. Encontrar otro sueño más allá de la vigilia. Ya no es él. Es la soledad toda. El miedo. La incertidumbre. La desilusión. Todo lo que pasa no es simplemente por alguien, sino por todo. Pasa el tiempo. Días, meses. Sí, me fui. Salaron las heridas, y volví. Casi renovada, con rumores lejanos. Frases que aún retumban de vez en cuando. El contorno de un cuerpo que se hizo sombra, o espectro aún a veces vaga por mi casa. Cuesta tanto suplantar. Avanzar. Cambiar. Todo se adhiere. Se aferra. Pero ya no más. Aquí estoy. Las palabras se acercan tímidas. Espían. Se preparan. Están alertas. Para volver a empezar.

jueves, 15 de mayo de 2008

Viviendo en Gayland

Hay un prejuicio medio instaurado:

Si un hombre es buenmozo, inteligente, simpático, se viste bien, ronda los treinta y pico, y está soltero: es gay.
Esta creencia está fundada sólo en la creciente paranoia femenina de que el universo gay se agranda día a día, dejándonos sin mercado, y privándonos de los mejores productos.
Cada uno debe cargar con su propio estigma. La diferencia es que si una mujer tiene ese mismo perfil y está soltera, no dicen que es torta, simplemente dicen que debe ser una histérica, con un carácter de mierda, pretenciosa e inconformista.

Cómo me contestó un amigo, justamente gay, el otro día ante mi duda sobre el chico que me gustaba: “Cortenlá con la paranoia y háganse cargo: ahora siempre usan eso como excusa si un tipo no les da bola”.
¿Será? ¿Los sentenciamos en pos de no reconocer nuestra propia derrota?¿O será que el sexto sentido de las mujeres de verdad funciona y ante signos mínimos podemos detectarlos? La otra pregunta entonces es: ¿por qué nos gustan?

Hay un límite difuso e irresistible entre el hombre perfecto y el homosexual, que también es perfecto, pero para otros. Claro que hay de todo, y no podemos generalizar, pero por lo menos en mi prototipo del hombre gay encajan casi todas las cualidades que busco en el hombre para mí, y lo peor es que los que conozco, son así la mayoría justamente para darme la razón.

Son altamente estéticos, cultos, simpáticos, inteligentes, seductores, dulces, y encantadores. ¿Qué más podríamos pedir? Que les gusten las mujeres.

Yo también tengo treinta y pico. No voy a hablar bien de mi, pero para seguir con la lógica que quiero plantear, una amiga me respondió: “tal vez no es gay, es igual a vos pero en hombre”.

Esperaría que sí. No puedo preguntarle. Sólo tratar de descifrar señales. Habrá que ver si su “demasiado simpático” es nada más que eso, es un tímido encubierto, es que no le gusto, o que efectivamente, sólo es demasiado simpático porque los otros demasiado los deja para otros.

sábado, 3 de mayo de 2008

K ces? Hblmos? Dnd tas? Kres?

Los SMS son una mierda.
Sí, tal vez mi afirmación es demasiado categórica.
Ese lenguaje particular repleto de Kas, carente de vocales, acotado, sin matices, sin adjetivos que destruye la gramática es la nueva manera de conversar, de comunicarse, de estar sin estar.

Este medio no hace más que quitarle personalidad a una comunicación. Es un activador de la ansiedad para las mujeres. Es una protección invisible para los hombres.
¿Cuánto más fácil es arreglar una salida por mensaje? Dos o tres frases, sin seducción, sin gestos, sin miradas. Pim, pum, pam, listo. Directo y al grano. Sin tener que recurrir a una conversación fluida, a frases ingeniosas, a tratar de convencer o por lo menos incitar. A través del mensaje es: “sí o no. La decisión queda en vos. Si decís que no, me escondo tras el teléfono, sin vergüenza, sin remordimiento, sin cuestionamientos. Ya está. Puedo hacer que nada pasó”.

Ojo, que también está el eterno mensajeo sin ningún fin concreto. Que tiene su “galantería”, pero resulta exasperante. Porque después de 20 smses de ida y vuelta, uno espera un: “bueno, ¿nos vemos?”. Y resulta, que el próximo mensaje nunca llega (suelen dejar las conversaciones a la mitad sin respuesta), o es un “besos”, que no responde a ninguna de nuestras últimas preguntas.

Pero las mujeres, ¿cuántas veces hemos estado con el teléfono en la mano esperando que suene, un clásico bip, para decirnos que ha llegado el ansiado mensaje? Los guardamos, los releemos, se los mostramos a nuestras amigas para descifrar que significan 20 letras agrupadas, las llamamos en el medio del ida y vuelta para definir en una conferencia tripartita qué contestamos. Hacemos un concilio para tratar de encontrar un sentido oculto que no existe.

Ellos lo usan porque justamente tienen que pensar menos. Nosotras más. A nosotras la conversación nos sale espontáneamente, es nuestro medio. En cambio ellos encontraron la herramienta justa donde no tienen que desplegar sus encantos. Donde no tienen que arriesgarse, ni exponerse, ni enfrentarse.

Porque asumámoslo: los hombres son simples. Y encontraron en la simpleza de los mensajes un nuevo lenguaje. Ellos no quieren decirnos nada más que lo que dicen esas dos palabras. Y nosotras queremos agregarle a eso todo el abecedario.
Nosotras pensamos 10 minutos cada respuesta, eligiendo cautelosamente las palabras, sabiendo que no hay tono, o gestos que acompañen para que se interpreten mejor. Y ellos, al igual que en el cara a cara, dicen las primeras palabras que les viene a la mente, sin ponerles un fondito de color siquiera.

Así que yo diría, que antes que nos volvamos locas, pensando, elucubrando, descifrando, buscando y esperando, la próxima respuesta escrita, debería ser: LLAMAME.

viernes, 25 de abril de 2008

What if...?

¿Cuántos “what if…” tienen dando vueltas por ahí?


What if…. No hubiese dejado a ese chico, what if… no hubiese renunciado a aquel, trabajo, si no se hubiese muerto mi papá, si hubiese elegido mejor a los hombres de mi vida, si hubiese ido a otra facultad, si… si ... si
Cada si…, hubiese creado un camino distinto, y luego otra decisión que tomar, y otro camino distinto. Quizás hubiese sido un atajo, quizás un recorrido sinuoso, quizás uno sin salida. Es como “Elige tu propia aventura”. Un si… no cambia una cosa que no nos haya gustado, o que hubiésemos hecho distinto. Un simple si… hubiese cambiado todo.
Hubiéramos sido otros, conocido a otras personas, vivido otras experiencias. Y nuestra vida, tal como es, no hubiese existido.
Entonces sí, seguramente hubiésemos tenido cosas mejores. También peores. Lo único que tenemos por seguro es que no seríamos esta persona que nos llevó, toda esa vida que a veces nos cuestionamos, ser.
Y quien sabe si no nos gustaría mucho menos la persona que hubiésemos llegado a ser eligiendo cualquiera de las otras opciones.
Si estamos aquí es por algo. Es irreversible. Así que sólo nos queda pensar a dónde queremos llegar, en qué queremos convertirnos, cual es esa persona que elegimos a cada minuto ser, para que en nuestros próximos “what if” tomemos la decisión correcta. Y el what if… deje de ser, cuando ha pasado el tiempo, un cuestionamiento, porque pase lo que pase, uno toma le mejor decisión posible en el momento en que se encuentra.

miércoles, 23 de abril de 2008

En mi cama una cualquiera....

No se si esta discusión tiene una resolución. No se si hay alguien que vaya a tener razón. El enunciado parece simple, la conclusión también. Pero a fin de cuentas, no lo es.

Si una mujer se acuesta muy rápido con un hombre, entonces, no la pueden tomar en serio.

¿Prehistórico pensarán algunas? Bueno amigas, lamento comunicarles que todavía quedan unos cuantos Neandertal viviendo entre nosotras.

¿Cuál es el momento en que una puede dejar de fingir que no tiene ganas para poder finalmente estar con alguien? ¿Cuál es el límite vago e impreciso entre el muy pronto y el momento justo? ¿Justo para quién? De hecho, ¿es justo que debamos reprimirnos en nombre del decoro que quedó anticuado allá lejos y hace tiempo?

Los hombres que claman ya no ser machistas, esos que a veces se la tiran de modernos, los que corren mujeres por cada rincón con el único fin de acostarse, son los mismos que luego proclaman: “si te acostás en la primera, segunda, tercera (no se hasta que número llegan algunos)… no te van a tomar en serio”. “ningún hombre proyecta con una mujer que se llevó a la cama en las primeras veces” “tenés que hacerte desear”.

Ese hombre que busca una mojigata, después quiere que te conviertas en una puta en la cama. ¿Por qué no vale ser una “puta” desde el principio? ¿Por qué el hombre tiene derecho consensuado de poder querer sexo todo el tiempo, de demostrar sus necesidades, sus ansiedades, sus deseos, y las mujeres debemos esperar a que ellos tengan ganas de que nosotros tengamos ganas?

El hombre dice: “si yo la quiero para tener algo en serio tampoco intento que pase nada la primera vez”.
¿Alguien puede explicarme cual es la relación entre una cosa y la otra? Porque realmente… por más que trato… por más que me lo explican… no lo entiendo.

¿Que tiene que ver la seriedad con el sexo? ¿De hecho no se supone que debería ser divertido, desprejuiciado, libre? ¿Por qué el tiempo que una mujer manipula claramente la espera tiene que ver con la posibilidad de que sea una novia? ¿Si a la familia no le van a andar contando cuando se acostaron? ¿Es simplemente uno de los bastiones que le quedan al machismo: decidir sobre el sexo de la mujer?

Muchas preguntas, ¿no? ¿Y las respuestas?
Hice una encuesta, y a la única resolución que he llegado es que: no es cuestión de edad, hay tantos hombres grandes como chicos con prejuicios.

Yo se que no quiero un hombre que piense así al lado mío.
Bueno… un hombre que piense así, no estaría al lado mío…
Y no es por que enarbole la bandera del feminismo, es porque sinceramente, creo que es un prejuicio cultural sin sustento lógico ni racional, que debería quedar en desuso.

Que simplemente se besen, se desnuden, se deseen, se disfruten, se conozcan, cuando lo sientan, sin tener que contenerse, ni refrenarse, ni reprimirse, ni reprenderse.

Porque esperar un mes, dos, diez citas, o veinte, no te hacen menos puta, menos loca, menos infiel, menos novia, menos madre.

Y el tiempo dirá… si esa mujer con la que se acostaron al minuto, a las horas, a los días de conocerse, es una buena mujer, que lo cuida, que lo quiere, que se entrega, que lo desea, que lo acompaña, que lo estimula, que lo incentiva, que lo divierte, que lo excita, que lo calma, que lo entiende, y con quien puede tener una relación "en serio". Ya que estas deberían ser las bases reales para enamorarse.

Porque después de todo… el sexo… es lo que nos hace justamente mujer.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Mil comedias no hacen una realidad

¿Por qué a mi nunca me pasa ir a un casamiento y conocer a un James Marsden o Dermot Mulroney?

En todos los casamientos que voy los únicos hombres solteros que quedan son pelados, gordos, transpirados, en un estado de ebriedad versión 2.0, tirando pasos desbaratados, con la corbada anudada en la frente cual quinceañero virgen en sus primeras fiestas. Y eso si es que queda algún soltero.

Claramente acabo de torturarme con otra nueva comedia romántica, “27 bodas”.
Lo que me lleva a preguntarme en qué se inspiran los escritores de las comedias románticas, que, seamos sinceros, para los que seguimos esperando que nos pase alguna de esas situaciones, la comicidad dejó de ser tal hace rato, y ya podríamos renombrar el género como: ciencia ficción…. Ah no, ya existe… bueno … Fantasía…. No no, tampoco…. Dejémoslo sólo en: Paliativos para la ilusión. O como algunos por suerte ya lo llaman: Romance. Ridículo, torpe, irreal, tonto, clásico, soñado y anhelado romance.

¿A alguna de ustedes les pasó alguna vez esas historias que ya se han convertido en mito o leyenda de: lo conocí en un tren, en la cola del banco, en el bautismo del hijo de una amiga que fui de casualidad, en un micro o en un avión, en un local de ropa? ¿Alguna es protagonista de una declaración al estilo: Realmente Amor, Jerry Macguire, Tienes un e-mail (no voy a repetir Cuando Harry conoció a Sally)? ¿Cuántas veces les regalaron orquideas, globos, anillos con brillantes? ¿Cuántos hombres han vuelto pidiendo perdón, reconociendo grandes errores y pequeños traspiés, reclamando el amor de sus vidas, aquel sin el cual todo pierde sentido?

Claro que no. Porque como dije: son mitos. La palabra "
mito" deriva del griego mythos, que signfica "palabra" o "historia". Si vamos a una simple definición: es un conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
Focalicemos en: “creencias”, “imágenes idealizadas”, “fenómeno”.
Todo apunta a lo irreal.
De hecho otra definición cita: narración fabulosa o imaginaria que intenta dar una explicación no racional a la realidad.

El mito se extiende, se hace carne. El mito pierde los márgenes y límites con la realidad. Hasta que uno pierde la verdadera noción. Hasta que uno cree que el mito es posible. Hasta que uno comienza a esperar y a vivir como si todo aquello fuera posible. Se reproduce. Se multiplica. Se aferra a la cotidianeidad. Se dibuja, adquiere forma. Ocupa un espacio. Se apodera. Y se queda ahí.

Yo escucho historias de gente a la que le han pasado justamente las historias más inverosímiles. Pero nunca llego a conocer esa gente. Parece que estuvieran en el grado 6. Nunca son de primer o segundo grado.

Así que por favor, si alguien tiene una de primera mano, aquí les dejo el espacio….

Para saber si todavía, debo conservar las esperanzas.

lunes, 10 de marzo de 2008

Extrañándote

¿Se puede extrañar algo que todavía no pasó? ¿Extrañar es simplemente añorar momentos vividos, o es desear vivir los que todavía no pasaron? ¿Hay un tiempo reglamentario para que se pueda comenzar a extrañar, o se puede extrañar la ausencia después de sólo un momento?

Creo que crear ilusiones de lo que uno desea que alguna vez sea un hermoso recuerdo es una manera anticipada de extrañar lo que aún no tenemos. Creo que recordar intensamente los encuentros felices es estar deseando que puedan repetirse. Creo que extrañar es simplemente el sentimiento latente de algo que sucedió, no importa por cuanto tiempo, suficientemente significativo para quede vivo, respirando, deseando, esperando volver a aparecer. Un lugar, una persona, un espacio, un tiempo. Todo junto. Todo por separado. Es el hueco, el vacío, la falta, la carencia, la necesidad. Es sencillamente desear que algo que no está… esté.

Se puede extrañar con una sonrisa, con esperanza, con desazón, con dolor, con angustia, con lágrimas, con asfixia, con pudor, con remordimientos, con culpa, con locura, con pasión, con desgarro, con ansiedad, con amor.
Y también sin consuelo, sin razones, sin permiso, sin respuestas, sin saberlo, sin esfuerzo, sin ganas, sin decirlo, sin deberlo, sin asumirlo, sin quererlo.

Entonces, otra manera de decir te extraño es decirle a alguien: ojalá estuvieras aquí para colmar este vacío. Este infinito espacio en que quisiera que estés. Fundando recuerdos que añorar en el futuro. Porque se que fueron breves los momentos en los que acuñé tus besos, caricias, sonrisas, miradas, abrazos, encuentros. Pero también sé que hoy comienzo a extrañar todos aquellos que podríamos estar viviendo mientras no estés aquí. Mientras te siento lejano. Mientras espero que sólo por un tiempo, no estés conmigo.

lunes, 3 de marzo de 2008

Broma pesada

Es increíble como a veces la persona indicada viene en el envase incorrecto, en el momento equivocado y sobretodo desfasado en el tiempo.
Una espera conocer a alguien que sea de tal o cual manera, y muchas veces piensa que jamás va a encontrarlo, pero se aferra a la fantasía, la vuelve realidad en sueños, y la busca incansablemente por la vida.
Entonces, esa misma vida, jocosa, despiadada y aburrida decide tendernos una trampa. Nos dice: aquí va el que tanto esperabas.
Un hombre colmado de caricias, de frases de amor, de canciones románticas, de abrazos enormes, de risas imprevistas, de encuentros espontáneos. Un hombre que exuda sexo, que enciende la química, que transpira pasión. Y sin importar todo esto, simplemente un hombre, que cuando recordás, te hace esbozar, sin quererlo, una sonrisa.
Pero claro, como no podía tenerlo todo, lo metió en un cuerpo diez años menor.
Y todo lo perfecto, se transforma en una broma pesada del destino.
Porque, por supuesto, la diferencia se nota según en que momento uno se encuentre. Pero para no dejar detalle librado al azar, también se encargó de que no fuera el adecuado.
Escucho su risa a mis espaldas mientras escribo. Y una vocecita cruel que dice: “casi.. pero vas a tener que seguir esperando”.

sábado, 2 de febrero de 2008

El pez por la boca muere

¿A cuántas cosas han dicho que no, y luego terminaron cediendo? ¿Cuántas incontables veces se cansaron de decir jamás, y hoy recuerdan la frase “nunca digas nunca”?
Es que en esta vida no hay nada definitivo, y lo que ayer nos parecía imposible, hoy nos puede parecer más que atractivo. Resguardados tras los prejuicios, tras los principios, tras las ideas y los ideales, rechazamos lo que aún no conocemos. Así que permanezcan abiertos a cualquier posibilidad, sin decir de antemano que no, siempre dejen una ventana abierta, porque no sabemos lo que el destino nos depara, no sabemos cuantas sorpresas hay a la vuelta de la esquina, no sabemos en qué situación nos encontraremos. Puede haber un regalo de esta vida ahí esperando para que podamos disfrutarlo.
Dejen las cosas fluir. No hablen de más, porque todo lo que digan, puede ser utilizado en su contra, y ya lo saben, el pez, por la boca muere.

miércoles, 16 de enero de 2008

Las dos caras del sexo

Los hombres y las mujeres tenemos una manera muy distinta de experimentar el sexo.
No por algo abundan los chistes de: “convertite en pizza”, “en control remoto”. Hoy hasta hay una marca de ropa femenina que se llama: Vestite y Andate.

Creo que el ejemplo más claro es el diálogo de la película “Cuando Harry conoció a Sally” (sí, ya se, la cito en todos lados, pero es que es como la Biblia de las relaciones), cuando él le dice: “los hombres nos preguntamos: cuánto tiempo deberé seguirla abrazando? ¿Una hora, 40 segundos serán suficientes? Seguro a ti te gusta que te abracen toda la noche. Ahí está el problema. Algo entre los 40 segundos y toda la noche”.


Hay una dudosa y no se si comprobada teoría química, que plantea que a los hombres le bajan las hormonas hasta casi una depresión, como a los animales, y por eso deben retirarse, descansar. Sienten ese desapego, ese querer desaparecer. Las mujeres en cambio vivimos casi siempre entre la cima y la meseta. Nuestro punto de satisfacción es más lejano. Quedamos como que siempre puede haber algo más, hay un espacio por completar, y es el que queremos llenar de afecto.

Las mujeres necesitamos sentir un poco de amor. No importa cuan superadas y liberales podamos ser. No importa que podamos considerar que el sexo y el amor pueden ir separados, al igual que piensan los hombres. No importa que de verdad hayamos buscado a ese hombre por el mero descargo y placer sexual. Por un breve instante, por un lapso finito de tiempo, necesitamos sentir que la persona que está a nuestro lado nos importa, que hay algo que nos une, que podría ser un gran amor, que eso es el comienzo de algo.

Creo que tiene que ver la culpa. Por más que la evolución haya llevado a nuestro género a niveles otrora impensados e inimaginables, hay como un código genético que todavía permanece aferrado a nuestro ADN.
Esta atadura a ser mujeres.

Cuando el deseo y desenfreno terminó, el hombre quiere una cama de dos plazas, o dos cuartos, y las mujeres de una y estar encimados.

Conocemos la sensación porque también nos ha pasado. Ya sea para protegernos de que alguien quiera que nos vayamos y hemos decidido irnos antes, ya sea porque habíamos cumplido nuestro propósito y no tenía sentido seguir ahí, ya sea porque esa vez nuestras hormonas fueron las que huyeron. Alguna vez nos hemos sentido el hombre queriendo disimulada, pero raudamente, escapar de la situación.

Y la verdad es que el sexo por si mismo esta bien.
Está más que bien.

Pero, si somos sinceros, cuánto mejor es cuando hay un sentimiento de por medio, cuando podés mirarte en los ojos del otro y sentir esa vibración, y sentir el disfrute, y saber que le gusta, y que sepa que te gusta. Y poder abrazarte, aunque sea un momento, sin sentir la incomodidad del cuerpo desconocido, de la falta de diálogo, de los silencios obligados, de saber que ambos están esperando el momento en que uno decida irse.

A veces la noche de abrazo que esperan las mujeres, se extiende por lo menos hasta el otro día, en que una espera un llamado, un mensaje. Para mitigar la conciencia atormentada, o para disfrutar del interés mutuo. Para no sentirse una muñeca inflable. Aunque no sea más que por ese siguiente día. Prolongar la ilusión hasta que las horas la desvanezcan por si sola.

Y no malinterpretemos. No es que las mujeres no sabemos diferenciar. No es que cada vez que nos acostamos con alguien queremos estar de novias. No vivimos en los años 20.
Sólo que a veces necesitamos disfrazar el instinto por cariño, los deseos por interés, el sexo por el amor que ambos sabemos ficticio.

Y no se si detenerles el reloj, para que los 40 segundos se transformen en al menos 4 horas, y conciliar el tiempo de cada uno en la mitad.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Balance

Cada fin de año hago un balance (sí, como los contadores, aunque lejos estoy de ser como ellos), en donde contabilizo pérdidas y ganancias, y arrojo un estado de situación para saber desde donde partir hacia el próximo año.

Este año en mis columnas figura:

Activo
Una sobrina colorada que crece día a día y me llama al grito de “aedá”.
Mis dos hermanos, que son activos todos los años de mi vida.
El llanto de sorpresa de mi madre en su cumpleaños, y la fidelidad de sus amigos
Los cada vez menos budines de pan y tortas de manteca de mi abuela.
El regreso de mi mejor amiga de Madrid
Las tardes en el río
La primer novela de un gran amigo
Algunas noches o tardes de muy buen sexo
Algunas soledades
Las charlas de toda la noche
Las risas sin sentido
Las horas libres para disfrutar de los libros, el cine, el sol, la cama
Las horas de escritura
Mis pocos lectores desconocidos
Las ideas, la fantasía, los sueños
Los estoicos amigos que estuvieron “aguantando” mis tristezas, desazones y desesperanzas.
La sorpresa de la ayuda de un desconocido
La bondad que todavía queda
La ayuda desinteresada
Amaneceres y noches desde mi balcón
La piel tostada del verano nuevo
La superación de un gran amor
…la ilusión de uno distinto
Los recitales que me dieron horas de alegría, recuerdos, sonrisas
Los breves reencuentros

Pasivo
El futuro incierto
El encierro
La frustración
La falta de trabajo
Los amigos que no estuvieron
… O ex amigos
Las 60 entrevistas que casi fueron una posibilidad
Los breves amantes que no fueron ni horas de amor
La soledad apretada
Las miles de lágrimas
Las noches de mal sexo
La esperanza rendida
La amiga del alma que hoy está lejos porque no supimos estar
Las arrugas nuevas, las canas viejas
Las horas demasiado libres
Los dolores escondidos
Los amigos que no eran
El amor que no llegó
Las carencias del alma
Los olvidos perdurables
El dinero que aprieta
Los eternos desencuentros
Las mismas equivocaciones
Las heridas

Como diría Benedetti: “Este balance infortunadamente arroja pérdidas, a enjugar en futuros ejercicios”.

Lo positivo es que para mi todos los años se abre un nuevo libro en blanco.
En el mío vislumbro un activo promisorio: un amor inimaginable, un trabajo de ensueño, buenos amigos, la familia maravillosa, un viaje a Roma, muchas más letras escritas, y por supuesto, muchos más sueños.

A todos, espero que sus balances den saldo acreedor, y que si no lo son, se tomen esta oportunidad para arrancar de cero, tomar lo aprendido, y decretar un próximo año mucho mejor.

Como el mío.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

No soy yo...tampoco vos

“Estoy saliendo con alguien”. Una frase que de tan común es lapidaria, cuando el alguien es igual a otra.
Me cansé. De ser la amiga, de ser la amante, de ser la que no alcanza, de no llegar a ser ese “alguien”. De intentar algo y nunca lograrlo porque en realidad las luces nunca estuvieron enfocando mi camino.
Hoy me volvió a pasar. Y no tiene que ver con que esa persona te guste mucho, poco, te enamore, te apasione o simplemente te caliente. El punto es que una vez en la vida quiero que me elijan a mí y no a otra. Acá hay algo que falta, y algo que sobra. Hay un error. Una confusión. Una falta de sentido. Algo dicho de más, o algo dicho de menos. Algo que se muestra, algo que no es.
No importa la conversación exacta. Las palabras que quedaron flotando fueron “conocí a alguien”, “estamos bien”, “creo que estamos armando algo lindo”.
Y mi pregunta es: ¿por qué carajo no podés ser feliz conmigo que ya me conocés, con quien siempre estuviste bien, y podés armar algo maravilloso?
Claro que la repetición interminable de la misma situación te lleva indefectiblemente al colapso o al delirio.
Salí. Caminé. Bajo un cielo que se veía azul pero se sentía gris. Caminé sola, cargando la desazón, y la angustia. Con una congoja que me oprimía de la garganta a los pies. Caminé. Hasta que todo se nubló. Las lágrimas pesadas caían como hojas en otoño. Sin pausa. Rodaban y caían, estallando contra un suelo hirviente. Me senté en un banco, donde alrededor todo era verde. Y seguí llorando. Sin contención. Como un dique que está reprimiendo un río hace tiempo, y se va agrietando, en silencio, sin sentir más que pequeños temblores y quejidos, hasta que un día se quiebra y se rompe, dejando el agua seguir su cauce natural. Lloré. Con espasmos, con gemidos, con el cuerpo. Lloré por mí. Por él. Por lo que no fue y lo que es. Por lo que di y lo que guardé. Por lo que soy y lo que no. Lloré por lo que muestro y lo que en realidad es y la puta madre no se ve. Por lo que dije y lo que callé. Lloré por la otra, y las otras que fueron, son y serán. Lloré por esos otros que también lo dijeron, que fueron y que nunca serán. Lloré por la ausencia, por la falta, por la soledad. Más que nada por la soledad. Por los errores que cometí. Por lo que no corregí. Lloré. Lloré por la desolación. Por no haber dicho las cosas que sentía. Lloré por la espera, por el tiempo. Por el amor.
Me enjugué las lágrimas, turbias, densas, espesas. Respiré. Una vez, otra vez. Mil. De a poco los músculos se fueron acomodando, el corazón realentando. Las nubes pasaron. Pero el cielo se seguía viendo gris.
No hay respuestas. Sólo preguntas. Sólo una pregunta: ¿por qué nunca soy yo?
Sí. Dirán: porque no era él. Porque cuando tiene que ser es. Porque ya llegará quien te quiera como te debe querer.
Mientras tanto la misma frase se repite otra vez. Otro hombre, otra mujer. Y por más explicaciones que me den, retumba en mi cabeza una y otra vez: ¿por qué no soy yo? Sólo se me ocurre pensar que es porque tampoco sos vos.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Los recuerdos no abrazan

Suelen haber situaciones, momentos, detalles que hacen mella, se fijan en nuestra retina, se adhieren a nuestro cerebro. Sensaciones, imágenes que nos asaltan infinitamente. Se repiten, una y otra vez, como una película de un cine continuado. Nos perturban. Nos dejan sin aire, nos quiebran el aliento, nos detienen los latidos. Necesitamos un suspiro profundo, una bocanada de aire fresco, un electroshock que nos devuelva a la vida.
Pasa cuando tenemos sexo con alguien. La escena recobra vida en nuestra memoria. Lo sentimos en la piel. Nos quema fantasmalmente el aliento. Son como polaroids, instantáneas de un momento que irrumpen aquí y allá, sin pedir permiso, quebrando, desestabilizando, rememorando. Los recuerdos nos acosan sin descanso. Las palabras llegan como susurros. Por días conviven con nosotros, en la vigilia y el sueño. Sin tregua, sin paz.
Pero también pasa con situaciones más ínfimas, más imperceptibles, más banales.
Tengo un recuerdo persistente y hasta físico que me asfixia. Él, quien me desvela, acostado a mi lado boca arriba. Mi brazo sobre su pecho desnudo. Inmóvil. Sin querer delatarse. Conteniendo una caricia. Él giró hacia mí. Puso su brazo alrededor de mi cintura, y el mío quedó en su espalda, cerca de un abrazo. Casi entrelazados. Su boca estaba a centímetros de la mía. Sentía su respiración. Los dos corazones latiendo al unísono. La penumbra de la luna entrando por la ventana. Un segundo. Diez. Doscientos. Una eternidad para mí. Luego giró. Se levantó. Se alejó. Pasó. Nada más.
Ahí está. Late. Cobra vida. Intenta permanecer, porque lo que es tan breve, se convierte en fugaz, y se pierde, se desvanece.
Hay otros. Los más pequeños son los que resisten. Los que dan batalla al olvido.
Algún abrazo. Algún roce. Palabras. Sonrisas. Miradas. Frases. Bailes.
Creo que nos siguen porque buscan crecer. Buscan convertirse en algo más. En un recuerdo perenne. Quieren dejar de ser una semilla, florecer, y seguir siempre verdes.
Se aferran tanto que aunque no maduren, nunca mueren. Quedan en el baúl de minúsculos tesoros.
Entredormidos, de vez en cuando despiertan, sorpresivamente, y nos roban el hálito, por un segundo, por miles, por siempre, otra vez.

domingo, 9 de diciembre de 2007

El secreto

Todas tenemos un secreto que hacemos lo posible por dejar escapar. Sí, no me equivoqué. No tenemos ninguna intención de guardarlo, lo que no encontramos, es la manera de liberarlo.

Es algo que nos pasa o nos pasó, que combina la mezcla entre prohibido e incorrecto. Un secreto a media voz. Parado justo en el borde de lo descortés. Se enfrenta sin temor al común de la gente, pero su composición compleja lo obliga a mantenerse desconocido para algunos. Es justamente esta valiente cobardía, o cobarde valentía, la que lo debate entre contarse, o silenciarse. Y ahí está él, burlándose entre las tinieblas del desconocimiento de aquellos a los que no podemos, pero justamente queremos relatárselo.

¿Nunca les pasó enamorarse del hermano de su mejor amiga, y querer decírselo justamente a ella, que es la menos indicada? ¿O saliste con un amigo de tu ex, con el que ahora sos amiga, y hacés lo imposible por deslizar frases que al menos lo hagan sospechar pero que te eviten la confrontación directa? ¿O salís con un cliente, que te acepta todos los presupuestos, y le hacés comentarios indirectos a tu jefe para de algún modo explicarle tu dudosa victoria? ¿O empezaste a salir con alguien con el que mil veces dijiste que no iba a pasar nada, que no era tu tipo y era insoportable, y tenés la necesidad irrefrenable de gritarlo, o más bien susurrarlo al mundo?


Claro que ante la pregunta directa sobre cualquiera de estos asuntos decimos que no, que no pasa nada… con una semisonrisa jactanciosa en los labios. Siempre dejamos la duda. Porque en realidad queremos desesperadamente que sepan… pero no.

Genera cierta adrenalina saber algo que el otro debería saber, que está en tus manos, que le restregás cuidadosamente en las narices, pero no termina de develarse. Te da cierto poder esta rara ironía.

Entonces deslizamos ciertas frases que revelan situaciones comunes, pero desencajan en el contexto. Sobresalen por la simpleza. Por ejemplo: “estuve leyendo el blog con Fernando”, cuando Fernando no tenia porque estar con ella ni leyendo justamente el blog porque antes no se soportaban. O: “sí, tu hermano me había contado”, ¿pero cuándo empezaste a tener relación con él? O le relatás a tu ex la cantidad de encuentros que tuviste con su amigo, porque les gusta compartir lo mismo, sólo con la necesidad de que en su interior perciba una realidad que titubea si salir a la luz.

Es la manera de aliviar la culpa, de silenciar un absurdo y casi conocido secreto. Porque de este modo no estamos tratando desesperadamente de ocultarlo. Sólo prolongando su descubrimiento. Le estamos dando tiempo para madurar. Para que el otro pueda aceptarlo antes de que pueda afrontarlo.

Quizás tanto preludio no es necesario para una ópera de barrio. Tanto preámbulo incremente una importancia que de ser directa sería claramente desvalorizada.
Sólo que cuando hay una señal que indica “no apropiado”, “no es la persona indicada para saber”, se necesita un pequeño prólogo que explique la novela.

Como es parte de la naturaleza femenina, y no podemos guardarlo, sólo puedo decirles: presten atención a las frases ajenas. Podemos ser nosotras a quien nos esconden.
Y si tienen algo que decir pueden divertirse con las pistas, pueden ser destructivamente directas, o pueden hacer un blog.

martes, 27 de noviembre de 2007

Casi

Hay alguien que casi es. Pero no es.
Todos tenemos un amigo del cual siempre nos preguntamos: ¿y? ¿por qué no?
Es más, nuestros amigos cuando nos ven juntos nos preguntan: ¿y? ¿por qué no?


Es caballero, dulce, simpático, divertido. Para uno tal vez es lindo, o “no es tan feo”. Hasta podés haber tenido una que otra recaída, o un par de caricias de más. Tienen química. Besa bien. O no. Jamás pasó nada, pero se cruzaron más que una mirada. Les gustan las mismas cosas: la misma música, las mismas obras de teatro, algunas películas, la misma comida, las mismas ciudades. Y tienen la suficiente cantidad de diferencias para que la vida no se torne monótona y aburrida.
O sea, cumple con tus requisitos, o con lo que uno cree que alguien tiene que tener para poder tener una relación. Si lo mirás objetivamente, casi no tenés que objetarle.
Pero claro, siempre hay un casi.
Y ese casi es igual a la breve distancia que separa la amistad del amor.
El casi es el condimento secreto de una buena comida. El casi es un rompecabezas sin una pieza. La chispa que encendería el fuego. El pensamiento sin la acción. Es casi un pero.
Entonces él está en una orilla, y una está en la otra. No hay un río. Ni siquiera un arrollo. Apenas una vertiente que se cruza con un paso.
Que ese cauce nos separe, ¿quiere decir que nunca vamos a cruzar? ¿O hay alguna posibilidad de que esta situación cambie? ¿Y qué hace falta: una balsa, una rama, una soga o un breve salto?
Si lo miramos por un rato, el amor casi está ahí. Casi.
Es como si casi lo encontráramos. Casi.
Pero, parece que cuando no se sabe lo que falta no se puede completar. Y si ninguno avanza el agua corre.
Entonces un poco de estoy que no hay, un poco de aquello que sobra, hace el casi que falta.

¿O puede ser simplemente ésta la mejor explicación de que hay una química que hace al amor realmente inexplicable?
Yo diría que casi.

martes, 20 de noviembre de 2007

Museo de las relaciones rotas

¿Dónde va el amor cuando se termina?
Hay interrogantes eternos. Que no tienen fecha de caducidad, y que permanecen por siempre vigentes, porque al igual que la fe, no tienen respuesta.
No hay un país aún no nombrado, un escondite indescifrable, una casilla postal, un cementerio de amores fallidos, un asilo donde ir a visitarlos cuando están seniles, o una terapia para estados terminales. Simplemente se esfuman. Se desvanecen. Dejan sombras y recuerdos. Cicatrices, como prueba de su existencia. Sólo podemos encontrarlos recurriendo a algunos objetos, a algunos regalos, a ciertas cosas que nos permiten que por un fugaz momento cobren vida, vuelvan, nos hagan sonreír o llorar, estremezca las fibras, y mágicamente, otra vez, desaparezcan. Alguien tratando de asirlo, de que no se escape, de hacerlo de alguna manera perdurable, de cierto modo perenne, decidió fundar el “Museo de las relaciones rotas”, donde se expone la evidencia física del amor. Aquellos deslucidos tesoros, trofeos de pequeñas victorias, ruinas de tristes derrotas. Vestigios de un amor que fue, que ya no es, que no será. Hologramas de la memoria.
Un celular que ya no suena, un oso de peluche de un aniversario, una esposas, miles de cartas, ropa, llaves, tarjetas, cds, una gomita de pelo.
Un lugar donde encontrar lo que todos alguna vez hemos perdido.
Así que tal vez nunca sepamos donde va el amor. Si se transforma, si se evapora, si simplemente cambia de dirección, o se adormece, o sólo muere y ya no está. Pero sí sabemos que podemos encontrar sus restos, propios y ajenos, para atestiguar que siempre andará por aquí o allá, que nace en unos y muere en otros, que se rompe y se diluye, y resurge, renace, se disuelve, se reencarna, se destruye, se engendra, y que se va, pero vuelve.


martes, 23 de octubre de 2007

Cuando ellos dejan

Sí, sí, ya hemos hablado de como ellas dejan, y como ellos dejan. Ahora, ¿qué sucede cuando ellos “nos” dejan? ¿Cómo reaccionamos ante la pérdida cuando no es nuestra decisión, cuando alguien se adelantó o simplemente nos sorprendió con un comunicado en el momento más inesperado? Porque a veces sucede, y ellos toman el timón que los lleva a otras aguas antes que nosotros.

Hay distintas reacciones y reaccionarias:

Está la llorona. Llora desconsoladamente, a “lágrima viva” como diría Girondo. La que se deshidrata en cuestión de horas, adelgaza 5 kilos en un mes. Se aferra a la almohada hasta dejarla empapada y cobijando hongos. Proclama a los 4 vientos que su vida no tiene sentido, que no entiende, que cómo pudo pasar. Se ahoga en el dolor. Escucha música lenta para desgarrarse lentamente. Se abraza a su peluche, o a una remera de él. Y sigue llorando. Habla con algunos amigos de sus amigos, tal vez hasta con su ahora ex suegra, tratando de encontrar la explicación que tal vez él no le dio. Hasta quizás le escribe una carta, preguntando, intentando por última vez. Relatándole cada detalle que los hizo felices, apelando a la memoria emotiva para ver si de alguna manera él reacciona, recuerda y vuelve. Y si esto no funciona, toca fondo en algún momento, y luego sale. Con su dignidad intacta, y un corazón cicatrizando a enfrentar la vida y buscar de nuevo.

Está la obsesiva. Que también llora desconsoladamente… pero no a solas. Ella lo llama hasta el hartazgo. No sólo el de él, sino el de todos los que lo rodean. Ruega, pide, suplica. Se rebaja, se degrada. Porque siente que ella no es nada sin él. Porque ella en realidad no lo ama, lo necesita. Y si cuando está sumergida en el fondo del lodo, pisoteada e ignorada, sus lágrimas no lo han convencido recurre a otra estrategia: lo amenaza. Le miente, lo asusta. Le echa la culpa de su desgracia y le refriega sus miserias. Lo putea, lo agrede. Lo acecha, lo persigue, lo acosa. Recurre a todo: teléfono, mail, visitas. Revisa su correo, pasa por la puerta de su casa, vigila sus horarios, averigua con sus amigos. Toma una combinación explosiva de antidepresivos y pastillas para dormir. Y cuanto más lejos él está, ella más siente que es el amor de su vida. Entonces el tiempo pasa, y ella sigue obsesionándose, mientras él rehace su vida, y ella sumida en la locura, lo sigue esperando, hasta convertirse en Penélope.

Está la superada. La que no se le cae una lágrima. Pone cara de nada, agarra sus cosas, da media vuelta y se va. Y él se queda más sorprendido que ella… pero aliviado (ojo: quizás éste sólo por orgullo o curiosidad vuelve). Llama a sus amigas, les dice que se separó pero no hay mal que por bien no venga, que no tiene tiempo que perder, y esa misma noche sale a bailar. Al día siguiente va a la peluquería, se corta el pelo o se cambia el color, se hace las manos, se da unos masajes. Se va de shopping: se compra zapatos, ropa, una cartera. Se mima. Se quiere sentir renovada, para volver a empezar. Pero distinta. Guarda las fotos y los recuerdos en una caja. Se pone a trabajar, se anota en baile, gimnasia. Conoce gente nueva. Ocupa su tiempo. Se compró una nueva vida. Y la herida cicatrizó, pero en algún momento sigilosamente, comienza una hemorragia interna. Pero como cualquier hemorragia sangra un tiempo, lo suficientemente breve para que no la desangre, se contiene, se cauteriza, y cierra.

Está la vengativa. A esta no le importa nada más que ganar la guerra, y todas sus breves batallas. Llora, grita, se calla, y empieza a planificar. Meticulosamente planea cada estocada. Intercala lo razón y los impulsos, si imprevistamente resultan en un golpe mortal. Te raya el auto, te quema los muebles, te demanda, te cambia la clave del banco y te saca la plata. Te hace fama de que sos gay o impotente. Te cambia la cerradura, y para cuando pudiste entrar te encontraste con un loft vacío: no dejó ni las paredes. Su capacidad de daño no tiene límite, y sólo termina cuando se consigue otro novio en quien depositar sus impulsos y razones.

Y está la feliz. Claro. La que no se animaba a dejarlo, ni decirle cómo. La que estaba actuando como un hombre. Y entonces respira. Se relaja. Sonríe. Se libera. Da la vuelta… y se va con el otro.

sábado, 13 de octubre de 2007

La duda

¿Alguna vez sentiste que te equivocaste con alguien? ¿Qué dejaste pasar la oportunidad? El momento se fue, el tiempo pasó, ya no está ahí. Y meses, años después te volvés a encontrar. En una cena. En la calle. Te mirás. Hablás un rato. Y te dice algo como: “vos desapareciste” “me quedé esperándote” “yo estaba solo”. Te preguntás qué pasó. Qué pensabas vos en ese momento. Por qué motivo estúpido o justificado en esa situación miraste hacia otro lado. Tal vez fue un impedimento cierto, o un malentendido, una pieza que faltaba, una información que se traspapeló. Y lo volvés a mirar. Y lo ves igual, pero distinto. Lo ves mejor. Hubiese podido ser. Debería haber sido. Te apenás. Porque seguramente el interés se fue, las ganas, el calor. Dicen que si tiene que ser va a ser. Pero claro, tal vez tenía que ser y no fue. Y ahora tal vez ya no será. También dicen que las oportunidades pasan una vez. Quien sabe. Igual, uno no puede dejar de preguntarse. ¿Y si…?

miércoles, 10 de octubre de 2007

Veo, veo...¿qué ves?

Tenemos una necesidad casi intrínseca, una curiosidad irrefrenable por saber que nos depara el futuro. No se si para caminar sobre terreno seguro, o para delegar la responsabilidad de nuestros actos a un supuesto destino. La cuestión, es que inevitablemente, en algún momento de debilidad e incertidumbre, de tristeza o indefinición, de desesperanza o emoción, acudimos a alguien con supuestos poderes de clarividencia o lectura de algo para que nos diga qué es lo que está por venir. Como comprar el ticket de un viaje con garantía.
Tarot, cartas españolas, runas, borra del café, quiromancia, numerología, ángeles, I-Ching. Hay tantos métodos como dudas. Todo sirve a la hora de buscar una respuesta. O varias.
Y allí nos dirigimos. Siempre con la esperanza de que todo vaya a ser mejor de lo que es, de que vayamos a conocer o conseguir nuestro amor en cuestión de semanas, o preferentemente días, que el trabajo de nuestros sueños nos esté esperando a la salida de la consulta, que tengamos fama, dinero, felicidad, hijos, poder, bienestar, salud, éxito, amigos. Claro, nunca esperamos una mala noticia.
Lejos están de ser las brujas con verrugas en la nariz, y tugurios oscuros y tenebrosos. Ahora son hombres y mujeres normales y modernas, muchas hasta con títulos en la pared como para respaldar las declaraciones por venir. Ojo, no quiere decir que no nos vayamos con miedo más de una vez.
Vamos preparadas, con primero segundo y tercer nombre de quien queremos averiguar, fechas de nacimiento, colores preferidos, número de calzado, nacionalidad de la abuela. Y casi siempre salimos felices, esperando que llegue cada uno de los momentos que nos acaban de describir. Entonces creemos, confiamos, decimos: “no sabés como le pegó”, “me dijo exactamente como soy”, “no se como lo supo”. ¿Y cuándo nos dicen algo que no nos gusta? “al final no se para que fui, si no le pega en nada”, “fui a buscar una respuesta y a sentirme mejor y salí peor que antes”, “ahh, sólo voy a divertirme, si total no creo en nada de esto”. Pero automáticamente buscamos otro teléfono y llamamos a otra para que nos diga todo lo contrario a lo que nos acaban de decir, para que nos vendan lindas fantasías que nos mantengan contentas hasta el momento predicho, y bueno, ahí veremos. Pero claro, ¡esta última si que sabía!
Y sí. Qué simple sería poder saber que nos va a suceder. Ya sea para aceptarlo y esperarlo con ansias, o para intentar cambiarlo hasta lograr lo que deseamos. Hace poco escuché en una película: “we can’t prevent what we can’t predict”. Es así. No podemos prevenir, porque realmente no sabemos que va a venir.
A veces le aciertan, a veces deducen, a veces se guían por gestos y palabras, y a veces nos inventan cualquier cosa. Por eso puede ser una experiencia divertida, estimulante o quizás escalofriante y decepcionante, si no escuchamos lo que queremos.
A mi me han sorprendido y defraudado. Y la única conclusión a la que llegué, es que más allá de que sea cierto o no, lo que vaya a suceder depende simplemente de mi. Entonces decido evitar la tentación de solucionar mi futuro dejándolo en manos de las adivinas, pongo mi mejor empeño, me equivoco en el camino, y si me queda alguna duda, tengo “La Mágica Bola 8” en mi casa, y dejo mis dudas y consultas que se responden sólo por sí o por no en la intimidad.

miércoles, 3 de octubre de 2007

La estupidez emocional

Dicen que hay una inteligencia emocional. Como cada cosa tiene su opuesto, o su complemento en el mundo, debe existir por simple deducción entonces una “estupidez emocional”.
Algo que nos haga actuar y reaccionar de la manera contraria a la que indica la razón.
La mía consiste en convertirme en una completa idiota cuando alguien me interesa.
Es un golpe de estado del corazón. Desaparece cualquier vestigio de raciocinio. Se deshace cualquier tipo de estrategia, y todo se limita a una táctica absurda e infructuosa. Se entorpecen mis actos, mis palabras, mis gestos. Dejo de pensar con claridad. O dejo de pensar. Punto. Me ganan los nervios. Me delata la ansiedad. Ni siquiera soy capaz de sostenerles la mirada porque me ruborizo y me siento expuesta. Trato de convertirme de una manera innecesaria y hasta involuntaria en la mujer que al otro le gustaría: que me guste correr si le gusta correr, o hacer deportes de alto riesgo, o esquiar. Sepanló: NO ME GUSTA HACER DEPORTE. Miro las series que a él le gustan para tener de que charlar. Pretendo ser liberal, superada, la que quiere una relación sin compromisos, esperando después que un día él cambie de opinión.
¿Y entonces qué pasa? Un día ese hombre que hice tantos esfuerzos por conquistar, aparece completamente enamorado de otra. ¡Qué es exactamente como soy yo en realidad!!
Se como conquistar a casi cualquier hombre que me proponga y no me interese. Y no porque sea una mujer extremadamente hermosa, ni tengo un cuerpo privilegiado, ni soy hiper sexy, y ni siquiera desproporcionadamente femenina.
Entonces, ¿por qué no puedo usar mi astucia, habilidad, manipulación y el cálculo para conseguir al hombre que quiero?
Justamente porque padezco de estupidez emocional, y con sentimientos involucrados se anulan las otras facultades.
Creo que cuando alguien no me interesa soy natural, no tengo posturas, no trato de ser algo que no soy, no trato de demostrar. Y aún más, la cabeza despejada, el corazón frio, y la mente alerta, son claramente armas de seducción en la batalla de la conquista. Son como la luz que nos guía ciertamente hasta la meta, porque no hay sentimientos que nublen el camino.
Envidio un poco a esas mujeres que pueden ir dosificando las entregas, dando un poco, sacando otro, equilibrando, atrayéndolos lentamente como una presa a una trampa segura. Aquellas con un plan, que se guían por la razón y dejan el embeleso para cuando hayan alcanzado el objetivo. Esas que las que estamos de este lado de la vereda denominamos “yeguas”. A mi no me sale.

Así que si no podés ser una de esas, si vos también sufrís de este síndrome que te anula la sinapsis neuronal, creo que lo más inteligente que podemos hacer es ser auténticas. Y ya que nuestra razón ha sido tomada, no acudamos en su ayuda a fin de evitar errores. Total el corazón es siempre inimputable.
Después de todo, es lo que hay. Esta soy yo, con lo bueno, lo malo, lo distinto. Alguien dijo que en la variedad está el gusto. Yo sería la variedad de muchos, hay que encontrarle el gusto.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Lo que ellas esperan

1) Encontrar al hombre de tus sueños
2) que no te salga celulitis, ni estrías, ni flaccidez… y si ya tenés, que desaparezcan
3) que la ley de gravedad no te haga efecto
4) que te venga… y se vaya pronto
5) que no te duela
6) que él te llame
7) que aquel no te llame
8) que empiecen las liquidaciones y todavía esté lo que te gusta
9) que hagan zapatos de tu número
10) comer una torta entera de chocolate y que no te engorde
11) que no haya humedad después de hacerte la planchita
12) que no llueva o te venga cuando te vestís de blanco
13) que cuando querés usar una remerita no te la haya usado tu hermana y te la haya dejado sin lavar
14) que él por fin decida comprometerse
15) que no seas la única soltera en un casamiento… o que seas la única y muchos hombres solteros
16) que tus amigas se pongan de novias y no desaparezcan
17) transformar a un gay
18) que una vez que te depiles mágicamente te dejen de crecer pelos… ¡para siempre!
19) que tu novio le caiga bien a tus amigas… y tus amigas a tu novio
20) que se acuerde de lo que te guste cuando te elija un regalo y no le erre el talle
21) que en el verano pierdas sin esfuerzo los kilos que aumentaste en un invierno repleto de chocolates y tortas fritas
22) que él cambie
23) que su muñequito de Messenger se ponga en verde
24) que las arrugas se rellenen realmente con colágeno y retinol
25) que el amor dure para siempre
26) que él sepa que hacer cuando te lleva a la cama
27) que se corte la luz cuando está Fútbol de Primera o se queme la Playstation
28) que te sorprenda
29) que le caigas bien a tu suegra
30) que te vuelva a crecer el flequillo
31) que el hombre que te dejó, se de cuenta que está enamorado de vos y vuelva un día a buscarte…
32) … y que estés con otro
33) que te pruebes el talle que siempre usás y te quede grande
34) tener un cuarto entero repleto de ropa…. y otro entero repleto de zapatos
35) que el amor no duela
36) que tu verdadera genética un día se despierte y tengas el cuerpo de Dolores Barreiro o Pampita
37) que cuando conocés a tu cuñado no sea mas lindo, simpático, divertido e inteligente que tu novio
38) que no se te arruine el esmalte cuando terminás de hacerte la manicura
39) que los productos cumplan las promesas: que el rimel alargue y aumente las pestañas, que la crema reduzca centímetros, que la tintura tiña las canas, que el shampoo deje el pelo suave, sedoso y brillante.
40) que él te escuche, te preste atención y te entienda.

martes, 18 de septiembre de 2007

El psicópata

Este es el segundo prototipo. A este hay que de verdad tenerle miedo: deja cicatrices imborrables. Las va marcando, a fuego lento, y una va disfrutando en ese doloroso placer, hasta que un día se da cuenta que está completamente quemada.

El psicópata

Definición: hombre que padece de un servero trastorno de personalidad y relacionamiento encubierto, que disfruta de un juego de seducción, manipulación y poder, al que la mujer se sentirá involuntariamente atraída hasta quedar envuelta en una relación casi enferma (a veces deja de ser casi) y dependiente de la que le costará mucho tiempo, quizás años, salir y sobreponerse.

Descripción: Es un conquistador nato. Maneja perfectamente la estrategia, y qué tácticas utilizar para alcanzarla. No busque en rasgos físicos, se esconde detrás de cualquier fisonomía. Aunque seguramente tendrá una mirada cautivante y misteriosa. Sus víctimas son siempre mujeres con la autoestima baja. Y si no la tenían, llegan a desgastarla tanto, que su valoración cae hasta el punto en que no son capaces de dejarlos porque sienten que ya nadie va a amarlas como él. Ejerce una fascinación indescriptible, e incontrolable. Sí, creo que también injustificable. Porque cuando quiere demostrar amor, lo hace al extremo, de manera pasional, sorpresiva e inesperada. Sin cálculos ni medidas. Luego comienza la etapa oscura, repleta de gritos, reproches, recriminaciones, celos. A continuación las desapariciones, las ausencias, los silencios. Y ella extraña, añora, desespera. Busca al primero, a aquel que recuerda en sueños, al que la hace suspirar. Pero es el que paulatinamente, sin percibirlo, cada vez se muestra menos. Ella se queda prendada de una ilusión, de una actuación fugaz, de una puesta en escena. Luego el telón se cierra, los disfraces se guardan, las caretas se caen, y queda el ser despojado de belleza. La sombra de lo que nunca fue. Simplemente queda lo real. Sólo que de vez en cuando, cada vez que esté a punto de perderla, cada vez que la sienta lejana, volverá por sus disfraces y montará un nuevo acto. Y así, una y otra vez. Una y otra vez. Y las tendrá ahí, a su merced, embelesadas, idiotizadas, glorificándolos, necesitándolos. Presas y entregadas. Se apodera de ellas como una soga que las ata, como una droga que las hace adictas.

Características: seductor, mitómano, manipulador, egoísta, desconsiderado, temperamental. Adictivo. Es como una montaña rusa que mezcla el placer y el dolor, aunque no siempre en la medida justa.

Conducta repetitiva: Ponerlas a prueba hasta encontrar el límite, para ver hasta donde se extiende su dominio, para comprobar la incondicionalidad. Va y vuelve. Está con una pero se enamora de otra. Oscila entre el amor y el desprecio.

La clave: Self preservation. El psicópata es como el golpeador. Lo hará, lo disfrutará, y volverá a pedir perdón de alguna manera. No deje que ese breve instante de arrepentimiento la enceguezca. No es más que parte del proceso. Volverá a lastimarla, a maltratarla, a rebajarla. Porque su mayor satisfacción reside en el poder dominarlas. Es difícil identificarlos en el comienzo, generalmente se lo ve cuando ya está enamorada, y es difícil desprenderse. Entonces, por si acaso, nunca deje que le pongan el pie encima, o la arrollen directamente.

Recomendación: Mantenga siempre alta su autoestima, es el mejor escudo contra ellos. Cuando una se valora el psicópata no tiene lugar por donde atacar, no tiene flancos. Y si aún así ha caído en sus garras, cuando se encuentra a si misma justificando todas sus acciones, cuando se encuentra aferrándose a la esperanza de que él algún día él va a enamorarse aunque le esté diciendo en la cara que usted no le importa, cuando todas sus amigas le estén diciendo sinceramente que él está loco: CRÉALES. Haga un esfuerzo, deje de la do los sentimientos y escuche a la razón (en este caso aplica y es absolutamente válido). Si no, en 10 años, se encontrará maltrecha y desesperanzada esperando a alguien irreal.

jueves, 30 de agosto de 2007

Si Peter Pan viniera

Cuando somos chicos vivimos en el constante desequilibro emocional. Balanceándonos de un extremo a otro, adicionándole a cada acto un sobrepeso imaginario. Vivimos en la desmesura de la infancia, y el desenfreno de la adolescencia donde se magnifica el amor, la amistad, el odio, la tristeza, la esperanza, la desolación, el dolor, la alegría, el llanto. Es todo o nada. Tenemos mejores amigas, amamos para toda la vida, sufrimos para siempre, lloramos como Girondo, odiamos hasta el tuétano.
Nos salimos de los márgenes, para pintar la vida más allá de los contornos. Porque no hay grises, sino arco iris.

Hasta que los años nos encajan en injustas medidas.
Y entonces evaluamos, razonamos, justificamos, medimos, analizamos, calculamos. Nos atenemos al espacio limitado al que somos confinados. Nada existe más allá del horizonte que alcanza nuestra vista. Todo es hasta aquí, porque no hay nada más allá. Entonces hasta los sueños comienzan a ser inverosímiles. Y dejamos de creer, de esperar, de sorprendernos. Y sólo lo que es posible y mesurable se concibe como real. Se supone que vamos encontrando el equilibro, porque los extremos no son buenos.

Adiós a las hadas y los duendes. A los monstruos detrás de las puertas. A los cuentos de princesas hechos realidad. A los elefantes dentro de las boas. A los juegos, a los besos porque sí, los amigos imaginarios, los novios de mentira.

Llegaron los números, los contactos, los compromisos, los protocolos, las reglas, los horarios, las responsabilidades, los cuidados.

Se esfuma con el tiempo el encanto de la improvisación, de la sinceridad, de la expresividad. Se pierde la espontaneidad de un abrazo sin premeditar, las lágrimas sin contención, el te quiero infinito, el pacto indestructible.

Se deshace el hechizo. Peter Pan se va por la ventana. Nos quedamos como Wendy. Y sin darnos ni siquiera cuenta, lo traicionamos, y nos volvemos adultos.

jueves, 23 de agosto de 2007

Los hombres las prefieren Geishas

Si estudiaste para tener una carrera profesional, tenés un trabajo que te permite mantenerte sola, tenés tu casa, tu auto, tu ropa, tus viajes. Si terminás de trabajar y vas al gimnasio, hacés kick boxing, squash, pilates, corrés 5 km por día. Vas a canto, a un curso de aromaterapia, a teatro. Si cuando te queda un día libre te repartís entre tus amigos y tu familia. Y aparte, sabés cocinar, podés elegir un buen vino, hablar de fútbol y economía…. Pero estás sola… querida… ¡ahí está la respuesta!

Los hombres fingen buscar una mujer independiente, cuando en realidad lo que buscan es alguien que necesite de ellos para subsistir, tomar decisiones, que les resalte el ego y no los opaque, ni los haga sentir ni por un segundo inferior. Que los deje ser la cabeza de la relación, para poder recostarse plácidamente en la quietud del reino de Neanderthal.
Lo que básicamente buscan es: una geisha.
Alguien que defienda una cultura arcaica embanderando la feminidad bajo un transparente manto de machismo.

La autosuficiencia femenina es un tema tabú, que en el fondo genera más desprecio que admiración. “Es una machona”, “quien se cree que es”, “malco”, “feminista”, y cantidad de frases por el estilo que van desde la tímida defensa de las murallas masculinas hasta la más feroz estrategia de ataque.

Claro, que una tiene que aprender las reglas para comportarse si tiene una cita: él debe pagar no importa cuan exorbitante sea la cuenta (ojo, en las eternas contradicciones que tienen igual quieren que saques la billetera y aunque sea amagues); no debés tomar la iniciativa; no debés conocer ningún telo; debés dejar que te pase a buscar él con su auto, o inclusive en el taxi aunque tengas que guardar el tuyo en la cochera (a menos que tengas un super auto, él sea un interesado con ganas de alardear y entonces va a estar encantado, pero no te va a durar más que dos salidas); dejar que te maneje en la cama aunque no tenga la menor idea de cómo ponerte; tomar daikiri, vino, Baileys, no whisky o vodka puro; leer la Cosmopólitan y siempre dejarlo ser la estrella.

Y si empezás a entablar una relación más duradera, también tené en cuenta: no tenés pasado, ganás menos que ellos, tenés siempre tiempo para él, aprendés a cocinar (preferentemente como su madre) y soñás con ser ama de casa pero en un futuro muy lejano, porque si no, también se asustan.

Hay que delimitar el impreciso contorno entre el machismo y la caballerosidad, tras la cual se defienden en cualquier batalla, porque una nos ahoga y la otra nos realza. Pero claro, eso nos lleva a otra nota.

Lo que las geishas no se dan cuenta, es que terminan convirtiéndose en la sombra de alguien, y cuando se va, dejan de existir. Se quedan sin nada: trabajo, dinero, amigos, intereses, ¡vida!

Son muy pocos aquellos que se atreven a atravesar el laberinto de los prejuicios de la mano de una mujer autosuficiente al lado y encontrar la salida. Un amigo siempre me dice. “dejá de leer Ana Karenina en la playa, llevate la Para ti, y escondé el libro atrás de la revista, hacete la boluda, decí que sos recepcionista, poné cara de nada, y así vas a conseguir un novio”.

Los hombres quieren que los necesites, porque les cuesta entender que la mejor pareja es la que se elige. La que comparte y no compite. Porque en palabras de ese mismo amigo que está casado con una mujer brillante: “lo que no se dan cuenta los hombres, es que con una mujer inteligente, todo es más fácil”.
Porque hay más entendimiento, menos celos, menos posesión, más libertad. Porque cada uno tiene su vida independiente y se juntan para compartir lo que quieren y no lo que deben.

Así que amigas, en ustedes está la decisión.
Para conseguir uno de estos hombres que tanto abundan, parece que la solución es hacerse la boluda. Engañarlos hasta que caigan. Y cuando estén muertos de amor, poner ovarios y sacar la mujer que hay en vos.

Y si no… tener todo el tiempo esos mismos ovarios para ser la mujer profesional, exitosa, independiente que llegaste a ser, hasta que llegue aquel hombre de los que no abundan y por eso son tan difíciles de encontrar, que te descubra, te admire, y te quiera sin engaños por lo que de verdad sos.

Claro que, si por naturaleza sos una geisha, todo es más fácil.

viernes, 17 de agosto de 2007

Mi gran amor

Al enano.

Hay historias que no pueden transmitirse a menos que hayan sido compartidas. Las palabras no expresan lo suficiente, pierden el calor, la pasión, la emoción desmedida. Por eso aunque ponga mi mayor esfuerzo, no se si podrán comprender cuan realmente grande fue esta, mi gran historia de amor. Si tienen ganas de leer, tomensé su tiempo. Porque hoy voy a hacer el intento. Porque hoy me animé a recordarla.

Siempre hay un recuerdo fundacional. No puedo ver el día que te conocí, pero sí el día de tu cumpleaños 29, quince días después de haberte conocido, en el que yo te cargaba y vos pensabas: ¿y esta pendeja quien se cree? Claro, no te gusta cumplir años. Entonces yo no lo sabía. Después blanco, imágenes difusas. Hasta un 23 de julio en que teníamos una fiesta del equipo de trabajo. Y nos sentamos juntos, hablamos mucho, y al terminar me dijiste: gorda ¿te llevo? Sí claro. Entonces otro compañero que vivía cerca te dijo: me llevás también. Vos te preguntaste: ¿por qué me molestó que el viniera? Yo sin motivo aparente me sentí molesta. Ahí empezó.

La vida nos puso en el mismo lugar de trabajo para compartir interminables horas diarias, vos como ejecutivo yo como secretaria. Yo era una nena de 21 años que salía de su primer relación en serio; vos un hombre de 29 con un matrimonio equivocado a cuestas.
El amor es algo inevitable. No se detiene e pensar obstáculos, ni circunstancias, ni razones, ni impedimentos, ni contratos. Como diría Cortazar, “Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en el medio del patio”.

Empezamos a hablar más. Te mostré mis poesías. Me contaste tu vida. Viajábamos juntos en tren, aunque vos tuvieras otro que te dejaba más cerca, sólo para conocernos. Nos mirábamos mucho. Ojos negros, pestañas infinitas. Ojos de pillo diría mi amiga. Y tenía razón. Mujeriego, descarado, seductor, desprejuiciado. En una conversación corriente vino una primer declaración desubicada ante mi pregunta: ¿por qué lo hiciste? Y asomándote sobre el escritorio me contestaste: Porque te quiero.
Las palabras salieron sin pensar, yo me quedé sin pensar.
Jugando el destino nos llevó a un mismo bar, una noche que tu mujer estaba de viaje, y yo estaba en un festejo con amigos. Misma noche, mismo lugar. No nos vimos. No lo supimos hasta el lunes.
Entonces las cartas estaban echadas. Vos pensabas en mi tirado en tu casa escuchando Aspen, yo hablaba de vos con mis amigas. “los ojos te brillan” me decían.

Un casi beso en un viaje en auto. Hasta que el 23 de agosto con el auto aún en marcha y sin frenar te diste vuelta y me diste un beso. El mundo se desvaneció, las barreras se derrumbaron, las excusas desaparecieron. Sólo nos fundimos ahí en un momento eterno. En el mejor primer beso que me hayan dado. Suspiramos. “¿Qué sentiste?”. “No se”, dije confundida. “¿Y vos?” “Quilombo”.

Nos volvimos locos. Nada importaba. Eramos tan evidentes, tan obvios. Cafés de horas. Charlas por teléfono en la oficina. Mensajes en la pc. Mails. Cartas. Siempre y en todo momento cartas. Viajes. Caminatas. Roces. Miradas.
En el departamento de un amigo que sería siempre nuestro refugio nos encontramos. Y fue amor. No fue solo sexo. Fue todo. Fue increíble, éramos dos almas y cuerpos fundidos. Era mágico. Era único.

Nos encontrábamos casi todos los viernes a la mañana, cuando se supone que yo tenía facultad y vos trabajo. Y nos fuimos enamorando. Locamente y sin control.

Como todo pasaba los 23, a fin de ese año intentamos separarnos para que recuperaras tu matrimonio. Sólo hizo falta que volviese a ser 23 para que volviéramos a estar juntos.
Hoy se agolpan los recuerdos como un torrente incontenible. Recuerdo tus besos, abrazos interminables, tus ojos profundos, tus lágrimas y las mías, miles y miles, los sueños juntos, las charlas eternas, los viajes en secreto, poemas y canciones dedicadas. Recuerdo el día que me dijiste te amo por primera vez ese 14 de febrero mientras me abrazabas en la cama y yo corrí a prender la luz para decirte: “mirame y decímelo de nuevo”.

Sólo algunas anécdotas que nos quedaron talladas en los huesos:
Un evatest que dio negativo, y vos llorabas porque querías que fuera positivo.
Un viaje que te volviste antes sin decirle a tu mujer para ayudarme a estudiar para un final.
Besos en el ascensor del trabajo, en la oficina, en el baño. Donde hubiera un segundo, donde hubiera un lugar.
Vos viniendo a buscarme a mi casa con cualquier excusa.
Una torta entera por el día de la dulzura.
Un día de spa en lugar de un día de trabajo.
Todas las mañanas que hacíamos el amor con lluvia. Siempre llovía.
Una escapada mía a Montevideo de sólo una noche mientras vos estabas allá por trabajo. Yo te dije: tengo un pasaje, querés que vaya. Y vos sin creerlo todavía: Bueno, vení.

Hasta que empezaron las peleas. Porque no te separás. Porque no puedo. Entonces no quiero verte más. Es el fin. Me cansé. Todo se iba desmoronando. Eramos distintos en los modos, en las maneras y en los tiempos. Vos tan Vargas Llosa y yo tan García Marquez.
Claro, y después de perderme, un 23 obviamente de septiembre, te fuiste de tu casa. “te amo, te extraño mucho y no puedo dejar de pensar en vos. Esperame.”

Volvimos. Fuimos. Vinimos. Lloramos. Nos separamos. Volvimos. Lloramos. Los dos nos hemos rebajado, degradado, suplicado tanto. Eso no importa en el amor. Pero el tiempo nos estaba jugando en contra. Se acentuaron tus celos descontrolados, tus gritos, tu ímpetu, las peleas. Se agotó mi paciencia. Me llamaste. Te corté. Me llamaste. Te corté. Me mandaste rosas. TA decía la tarjeta. Así firmabas siempre. Era tu manera de decir te amo. Era tu manera de decirme que eras vos. Otra charla, dos horas de negación, comenzó el llanto, y no quiero sufrir más. Y yo no puedo vivir sin vos. Y como siempre, como cada vez, terminamos abrazados. Llorando. Besándonos. Volviendo.

Más idas. Más vueltas. Hasta que en mayo se terminó. Me agoté: de esperar a estar juntos y bien, de esperar ahora no la separación si no el divorcio, de vivir oculta. Y dije: no te quiero ver más. Y vos: te prometo que me voy a olvidar de vos.

Sí. Hay experiencias irrepetibles e intransferibles. Aunque ya lo sepas, otra vez: me reí como con nadie en la vida. No se necesitaban motivos. Creo que era la alegría de estar juntos. Tuve el mejor sexo que tuve hasta ahora. El mayor romanticismo. La mayor entrega. Tanta locura, tanta pasión, tanta química, tanta piel, tanto desenfado, tanto desenfreno. Fue la hipérbole del amor.
Y sí, también tuve una espera eterna que nos fue desgastando. Sentir que siempre había algo más importante que yo aunque dijeras que me amabas más.
Hubiese querido tener la oportunidad de que me quisieras libremente y sin reparos. De amarnos en una situación normal para que la comparación fuera más justa. De este modo el recuerdo a la distancia de nuestra relación esta distorsionado por la situación.

Pasaron los días. Los meses. Vos estabas de novio. Yo también. Un año después de tanto odio y rencor y resentimientos acumulados, le pregunté a tu mejor amigo por vos. Y él, ni lento ni perezoso, junto con mi mejor amiga que me había acompañado en toda la historia, nos organizaron un encuentro.

¿Qué puedo decir? Nos miramos. Los recuerdos me abrumaron. Era como si no hubiese pasado el tiempo. Nos abrazamos horas. Nos reímos. Volvimos a encontraros. Otro día, un beso, una caricia. Y así. Siempre así.

8 años.
Sí, 8 años volviendo a esos mismos brazos. En busca de todo: amor, consuelo, sexo, amistad, compañía, pasión, risas, caricias, abrazos. Tuvo muchas novias en esos años. Nunca dejó de estar conmigo. Sí, yo era una pelotuda. Yo siempre lo estaba esperando, por momentos conciente y por momentos inconscientemente. Siempre pensando que un día se iba a dar cuenta que seguía enamorado de mi. Sí, también todos sus amigos decían eso. Menos él. Aún así, era él el que siempre volvía. Pero yo siempre lo aceptaba.
En el único momento que yo estuve de novia en esos años fue cuando él se fue a vivir a Tailandia durante un año. Yo corté antes que él volviera. Y a pesar de mis negaciones, de asegurar que éramos sólo amigos, que yo no iba a volver a caer, que todo había pasado. No había pasado.

Hubo miles de discusiones. De agresiones, de dolor. Heridas que se iban abriendo pero nunca cerraban. Sí, acá conté lo mejor. Pero también hubo de lo peor. Como en todas las pasiones. Los desengaños, las mentiras, la desilusión, el dolor. El desgarro.
Porque nunca había amado así a nadie. Porque nunca volví a amar así a nadie más.
Fue todo el amor y todo el odio. Toda la alegría y todo el sufrimiento. Juntos.
El ya no es él. Yo ya no soy yo. Los dos cambiamos. Fue un temblor que nos desmoronó la vida, y nos hizo reconstruirla de manera distinta.

Claramente el es mi Mr. Big.

Pensé siempre que de algún modo, un amor tan heroico que franqueó todas las barreras para estar juntos, iba a lograr que termináramos felices.
Pero no. Hace un año y medio. Cuando por vez número 20 me dijo un día como si nada: “estoy conociendo a alguien”, después de estar todo el tiempo conmigo, lloré. Lloré. Sin parar. Sin consuelo. Sin pausa.
Le escribí un mail, porque no quería devoluciones, no quería que quisiera convencerme otra vez. En resumen decía: “estuve esperándote 8 años. Y sigo aquí sola. Y no quiero seguir estando sola. No te culpo por haberte esperado. Fue mi elección aunque vos colaboraste para mantener mi ilusión a tu manera. Pero no quiero volver a verte, ni hablarte. Necesito que esta vez respetes mi decisión.”

La respetó. No hubo respuesta.
En mayo el cumplió 40. Todo un número. Más para alguien que no le gusta cumplir años. Le mandé un mail simplemente para saludarlo. “Hola enano:…..” Así lo llamé siempre. El me decía, gorda, pendeja, cuco.

Me quiso ver. Nos encontramos en mi casa nueva. Sin saber que iba a sentir. El me abrazó. Quiso hacer los mismos chistes de siempre. Pero ya no me causaron gracia. Ya no había piel. Ya no había amor. Solo vestigios del pasado. O una coraza impenetrable. El aire estaba hasta un poco tenso. Se fue. Y entendió que no tenía que volver a llamarme. Que este no era un nuevo comienzo. Que no había nada a que volver. Y fue el fin.

Leo esto y me ahogo, y aún así no se si pueden sentir lo que fue. Sólo lo sabe mi corazón, mi alma, mi piel, mi memoria. Porque hay algo que nos une de más allá, de otros tiempos, de otra vida. El me amó dos años. Yo lo amé ocho.
El balance me da negativo.
Tal vez desde afuera no parezca una historia de dos. Tal vez no, pero es la mía.
Y a pesar de que hoy ya no siento nada por él, prefiero por las dudas no acercarme, porque nunca voy a borrar el recuerdo de lo que fue. Porque como le dije a él tantas veces, un amor así, “this kind of lightening only happens once”

lunes, 6 de agosto de 2007

Por qué siempre volvemos a los mismos brazos

Hay un lugar, un hueco en el pecho que nos es conocido. Donde nuestro cuerpo encaja perfecto, se amolda, encastra. Donde los latidos son una melodía que se evoca en el recuerdo. Aquellos brazos que saben abrazar, que nos cobijan y resguardan. Que dan calor como una manta vieja. Que nos esconden de nuestras propias penas y sollozos. Que ocultan nuestras debilidades. Que no preguntan, sólo intuyen. Que no juzgan, ni evalúan, ni averiguan. No traicionan.

Son los brazos de un viejo amor, un ex, un amigo incondicional. Los que siempre nos esperan en el momento de necesidad. A los que regresamos una y otra vez, incansablemente, a buscar amparo, cariño, contención, comprensión, silencios, sexo. Ellos saben como actuar en cada momento. No hay nada que explicar, ni que decir, ni que pedir. No hay nada que aprender, ni descubrir. Allí está todo dicho, todo hecho. Un recorrido que se hace a ciegas. El sendero fácil por el cual transitar. Sólo hace falta un gesto, una mirada, un roce, una sonrisa de más. Es tan simple saber donde comenzar, seguir y terminar, sólo dejarse llevar, entregarse y disfrutar.

Para sanar las fisuras del alma, calmar la angustia, tapar las penas, volvemos siempre a los mismos brazos.

Pero en ese tibio espacio donde nos sentimos tan seguras no hay amor. Hay resabios de cariño, de historias compartidas, de confianza desgastada, de esperanzas verdeagua, de sueños ya dormidos. No hay futuro. Sólo el resurgir de un pasado que se hace presente repentino, escueto, fugaz. Sirve para paliar la soledad. Para hacer menos duro el camino. Para saciar la sed. Para sentirnos irrealmente queridas y deseadas. Hasta que un día nos damos cuenta que en esos brazos sólo hay vacío. Que no nos completan más de lo que nos quitan. Eclipsan el amor que está por llegar. Ocupan el asiento que todavía esta frío a la espera de quien pronto vendrá.

Yo volví durante 8 años a los mismos. Sí, es una historia que ya les contaré cuando me anime a recordarla. Porque ni la risa, ni la confianza, ni la comodidad, ni la desnudez, ni la exposición, ni el antes, ni el durante o después fueron iguales en otro lado. Siempre estaré agradecida porque estuvieron ahí, pero a la distancia no dejaron más que sombras y un sabor agridulce. Y hoy tal vez podría habría otros, que cubran ese breve espacio en que el amor no está. Pero…

Hoy no quiero un consuelo, un paliativo al dolor, una limosna de cariño, una burbuja en el tiempo, un retazo de ilusión, buen sexo sin amor.

Hoy quiero a aquel desconocido que trae nuevos aires y promesas, un renovado aroma al despertar, una piel inexplorada, una boca a estrenar, un cuerpo que descubrir, un hueco extraño en el que aprender a acomodarse.

viernes, 3 de agosto de 2007

Entre el bien y el mal

A veces siento que la balanza entre el bien y el mal está totalmente desequilibrada. Que le va mejor a aquellos que no tienen principios, moral, costumbres, respeto, valores que a los pobres tontos que sí. Se ve que la gente se está dando cuenta, porque cada vez hay más y los buenos somos una especie en peligro de extinción.Y no sólo hablo al nivel más filosófico de la vida. Sino de la manera más ingenua y simple de vivirla y disfrutarla. No hablo sólo de delincuentes, corruptos, ex novios descorazonados, materialistas ambiciosos insensibles, turras traidoras, falsas amigas. También hablo de aquellos que se lanzan a la vida sin prejuicios ni controles, sin reglas ni medidas. Los que viven en el exceso. Los que quieren llevarse todo en un instante porque prefieren una vida corta y repleta de sensaciones que una larga vida opaca cargada de frustraciones. Aquellos que nos hacen sentir hasta un poco pacatos, recatados o aburridos.
Tal vez esta actitud de cuidar, de mantenerse en el lado seguro de la orilla, de no embarcarse sin rumbo, de no lanzarnos sin red hace que obtengamos lo poco que esperamos, y nos perdamos lo que no podemos imaginarnos. Sí, viviremos cómodos y confortables, alcanzando o quizás rasgando una efímera felicidad. Pero donde queda el desenfreno y la euforia. La ceguera del brillo fugaz. Los quince minutos de fama.
El estilo moderado nos deja fuera del frenético tren de la juventud eterna. Y si queremos subirnos, nos asusta la velocidad.
Por algo se hizo famosa la frase que dice “Good girls go to heaven, bad girls go everywhere”.
El que no tiene miedo de lo que puede perder suele tener mucho más por ganar. El impulso y el desparpajo lo liberan de la moral y las buenas costumbres, del protocolo riguroso, de las normas y regulaciones, de las ataduras y la seguridad.
Miren a su alrededor. ¿No sienten que al peor de todos le va siempre un poco mejor? Al político que nos roba, al novio que no le importamos y nos dejó sin explicaciones, a la amiga desconsiderada frívola y superficial, a la que caga al marido millonario con el profesor de tenis, al cantante exitoso que vive desorbitado por las drogas y el alcohol, al jefe que siempre sabe menos que uno y gana más.
El problema es que creo que está en nuestra naturaleza. No hay una pastilla que nos haga dejar de ser el pobre pelotudo.
Milan Kundera tenía razón. La levedad del ser es insoportable. Hay que elegir el peso. Arriesgarnos. Exponernos. No pensar tanto y dejar actuar a la intuición. Dejar de vivir en la superficie, y zambullirnos hasta el fondo. Aunque estemos a punto de ahogarnos. Después de todo, siempre habrá algún buen samaritano que venga a rescatarnos.

martes, 31 de julio de 2007

Cuando ellas dejan...

Cuando ellas dejan, dejan. De manera contundente, imprevista e irreversible.
Cuando ellos dejan …¿ellos dejan?. Ellos hacen que ellas dejen.
Cuando ellas dejan lo hacen sin mirar atrás. El proceso de análisis y duelo ya se ha llevado a cabo. No importa cuanto ellos digan, pidan, ruegen o lloren. Se terminó.
Cuando ellos dejan, vuelven a pensarlo y caen en la tentación de reincidir con cada súplica o lágrima de ella.
Porque es claro, las mujeres no soportan que los hombres lloren, y los hombres no soportan que ellas lo hagan. Pero por distintos motivos: ellas porque les parece lamentable y débil, ellos porque les da pena y no pueden con la culpa.
Ellas cortan de manera fría y práctica. Ellos sufren, mienten, dudan, temen.
Ellas de un día para otro no te llaman ni te ven más. Ellos empiezan a dejar de llamarte y verte 4 meses antes, mientras esperan que vos tomes la decisión porque lo sentís lejano y distante.
Ellas son implacables. Ellos aplacables.
Ella puede dejarlo y estar sola. El si la dejó, es porque ya no estaba solo.
Ellas se llevan todo, lo de ellas y algo de ellos. Ellos te dejan todo con tal de no enfrentarte.
Ellas se cortan el pelo, se compran ropa, y empiezan de nuevo.
Ellos…todavía están pensando como hacer para que los dejes.

lunes, 30 de julio de 2007

Aquel viejo romance

Aca estoy, mirando la luna llena reflejarse en el río desde mi balcón y escuchando boleros. Suena cursí, ¿no? Sí, pero en este último tiempo me di cuenta que es necesario volver a proclamar aquel viejo romanticismo en desuso. Hoy en día se valora lo rápido y frugal, lo práctico, lo frío, lo que no nos ridiculiza, lo que no nos expone, lo que es despersonalizado. El amor no es más que otro ícono del msn. Un par de frases seguras en un mensaje de texto. Y vamos así convirtiendo este mundo en un grupo de gente solitaria escondida tras un monitor, sin sentimientos complejos, sin ataduras, sin contacto.

Yo era una romántica empedernida. Sensible, expresiva, llorona, demostrativa. Escribía poemas, cartas, cuentos, canciones. Me entregaba a sentir. Una enamorada del amor dirían. Y con los golpes, con las desilusiones, con el miedo, me fui mostrando como una persona que en realidad no soy: superada, despreocupada, práctica, fría, pasajera, descomprometida. Hasta un poco insensible y descreída.

La verdad es que extraño ser la ridícula romántica que en realidad soy.

Esta es mi pequeña propuesta para de a poco revalorizar el mal llamado romance.
Recuperemos la costumbre de escribir cartas en papel, de puño y letra. Así, de un primer impulso, sin borrar, pensar y rescribir lo que mejor queda o lo que más conviene. Guardémoslas en cajas donde puedan añejarse y ponerse amarillas, para releerlas en muchos años con lágrimas en los ojos o una sonrisa en los labios.
Leamos más poemas. Aprendamos alguno de memoria, que nos abra siempre las puertas del alma.
Regalemos bombones, flores, osos de peluche. Cosas chiquitas y personales sin verdadero valor más que el emocional, que demuestran que en realidad estamos pensando en lo que le gusta al otro. Que lo conocemos, que prestamos atención.
Usemos las palabra “bello”, “preciosa”, “hermoso”. Las cosas no son simple y llanamente lindas. Hay matices, hay más, hay menos.
Dejemos que nos abran la puerta del auto, de locales. Dejemos que nos den la mano al cruzar la calle.
Miremos puestas de sol, amaneceres, lunas llenas. Regalemos momentos.
Hagamos grandes declaraciones de amor. Como en las comedias románticas. Grandes actos. Grandes gestos.
Besemos, abracemos, acariciemos sin contenernos. Sin reprimirnos.
Digamos te quiero y te amo sin esperar, sin calcular, sin medir.
Hagamos locuras. Corramos riesgos. Seamos espontáneos. Soñemos. Creamos.

De a poquito, cada uno, con cada pequeño acto, reivindiquemos al amor.